Le escribo esta carta, mujer lejana y dolorosa, luego de los seis años más amargos que he tenido que vivir.
Lo hago ahora a fuerza, porque me fue imposible antes expresar palabra alguna. Porque el dolor aún está en mis carnes, y el ahogo que persiste en mi alma, aún mientras escribo estas letras, adormece mi mente y a mis palabras. Duele en mis ojos, por las lágrimas que se rehúsan a salir de sus cuencas.
Duele en mi corazón. Literalmente, duele.
Quiero que sepa, para empezar, que recuerdo bien el día en que me engañó en aquel bar olvidado junto con su amigo.
«Te amo como eres», me dijo tomando mi rostro luego de haberse burlado de mí de la forma en que lo hicieron. No olvido que quise creer que la tierra se abriría bajo mis pies. Mis brazos temblaban, mis ojos no dejaban de derramarse frente al mundo mientras a nadie parecía importarle.
Su toque era dulce, tranquilo y cálido. Un bálsamo para una herida que nunca ha dejado de sangrar en mi alma, una de la cual ni su presencia era culpable, ni su mente era consciente.
Un tierno bálsamo. Una incomparable fantasía.
Mis lágrimas dejaron de correr en ese momento, porque quise creer que era cierto, que valía la pena entregarme. Que sus palabras traían verdad y que podía confiar en que la tenían. Tomé una decisión en ese momento, mientras su bula se asentaba en mi agrietado corazón.
Tuve fe. Y la fe, como la justicia, suele ser ciega.
Decidí amarla en ese momento. Porque amar es una decisión, y quise amarla, y decidí amarla. Quise creer que usted era realmente la mujer con quien tanto había soñado febrilmente desde que era chico, con quien podría caminar de la mano y, con dulzura, besar suavemente en la comisura de los labios mientras veíamos atardeceres juntos y disfrutábamos una vida larga, sencilla y agradable, llena de paz en los años venideros.
Confié en ese sueño, que ya estaba derruido y se empezaba a desvanecer en mi alma.
Y la amé. Con una locura mayor que la que nunca más he de tener en mi vida. La amé, como a nadie llegué a amar antes, o llegaré a amar nuevamente.
Cuán equivocado estaba.
Fue por ese amor que le tuve, tan profundo y tan intoxicante, que tuve el atrevimiento de intentar luchar contra aquella enemiga invisible que cruzaba por frente a sus ojos cada que los míos miraban en cualquier dirección que no fuera usted misma. Esa rival, siempre acechante, presente siempre y siempre alerta, nunca escapando de su más activa imaginación.
Esa sombra surgida de la más profunda de las paranoias, y de la cual me advirtió desde el principio. Esa bandera roja que, como un pelele, quise derrotar a fuerza de buenas intenciones, cuando sabido es que no debí enfrentar tal problema.
Y esa construcción de su mente, sin darme cuenta o querer verlo, terminaría siendo la puerta de entrada al mismísimo averno, envuelta en una bella piel canela, en un hermoso y atractivo envoltorio. En un abrazo cálido, en un beso sentido. En cada bibi que, con ternura, quiso plantar en mi mente, provocando que me enamorara aún más, junto con usted, de una cultura que, con el mayor y más profundo respeto, jamás llegaré a comprender.
Y la amé, lo suficiente para creer que me amó. Lo suficiente para entregar mi vida entera. Mi corazón, mi alma, mi identidad misma. Nada me importó.
La amé con todo lo que tenía.
Tanto, que deje de amarme a mí mismo.
Cuán equivocado estaba.
Recuerdo los buenos momentos, los abrazos al calor de las noches mientras velaba por sus sueños. Los besos lentos, dulces y profundos, las caricias tan oportunas en la base de mi nuca, que nadie jamás sabrá darme nuevamente, para calmar mis rabias y frustraciones en los momentos más precisos. Recuerdo nuestras conversaciones, cuando me vendía la idea de que éramos lo suficientemente parecidos para desear siempre estar con usted, haciéndola feliz…
Recuerdo también que me hizo creer, de conversación en conversación, que la única forma de entregarle mi amor era entregarle mi felicidad. Llegó a hacerme creer, lentamente, como quien, punto a punto, teje a mano el más hermoso y labrado vestido, que no podría ni debería ser feliz sin usted. Que no tendría vida alguna sin su amor. Que no debía ni merecía tenerla.
Me creí ambas ideas. Porque soy un estúpido…
Pero también recuerdo los celos, el dolor que me causaba cada vez que, simplemente, miraba a cualquier lado en cualquier lugar. Recuerdo que me celó con mujeres y hombres. Recuerdo que me celó con viejos amigos, con mentores y compañeros. Recuerdo cómo me humillaba en público, sin que tuviera las agallas de decirle que no era justo, que no quería seguir permitiendo que me maltratara y me violentara… Porque el miedo a no tenerla en mi vida era demasiado abrumador para soportarlo o enfrentarlo.
Porque no tendría vida alguna sin su amor. Porque no debía tenerla.
Tanto así la amaba. Tanto así la amé.
Recuerdo la desesperación que sentía cuando una línea de un tatuaje era sinónimo de un amorío inexistente, o que estar cerca de una mesa aledaña era prueba inequívoca de una «perversión» que ocurría sólo en su mente, pero que era al mismo tiempo tan vívida y realista para usted…
Incluso la letra de una canción de otro tiempo resultó, fuera de todo contexto, convertirse en un sinónimo de una historia paralela que jamás tuvo lugar más allá de su imaginario. Un billete era un plan para fugarme con una fantasía. Un cabello fugaz en una noche cualquiera, llegó a decirme, era una invitación para placeres indecibles en lugares sombríos que nunca llegaron a existir.
Y entonces, después de tantos pasos en medio de caminos rocosos, hiriéndome los pies y cayendo una y otra vez por tropezar sobre la misma piedra en incontables ocasiones, recuerdo que decidió, en medio de su frenesí, meterse con lo más sagrado. Lo más inocuo e intocable. Lo más sublime e inocente.
Recuerdo que me acusó de querer violar a sus hijas. Jamás habrá algo más humillante para los que hemos sobrevivido a semejante horror y hemos salido adelante con los años. Jamás algo tan horroroso y doloroso.
Recuerdo haber estado en mi habitación tantas y tantas veces, con un aroma inconfundible a salitre en las húmedas fundas de mis almohadas, preguntándome qué era esta dolorosa emoción que empezaba a recorrer mis venas. Ese fuego que me ahogaba, que apretaba el nudo en mi garganta más allá de todos los límites, que quemaba cada uno de mis cabellos con un humo invisible, con un ardor hecho de sombras, que me consumía más rápido que el más malicioso de los incendios.
Demasiado tiempo me tardé en entenderlo.
Y una vida entera me tardaré en extinguirlo.
Una tarde cualquiera dijo, para mi profundo agravio, una verdad de su alma, que no notó haber contado, pero que no pudo salir de nuevo de mi mente. Jamás lo olvidaré: Ya que los hombres habían abusado y violado históricamente a mujeres, usted podría tratarme con toda la crueldad que quisiera. Por ser hombre.
No puedo ni podré entender cómo era posible que me hubiese convertido en violador, en abusador, y que mi blanco fuera cuanto ser existente que pueda ser clamado mujer, sólo por tener genes XY y un pene. Con un cinismo incalculable.
Sin duda, el mundo le tiene una gran deuda de equidad e igualdad a su sociedad, y la sociedad le adeuda igualdad a las mujeres en su generalidad. Es una lucha que ha persistido por los siglos, y ha provocado tragedias inenarrables, así como profundos triunfos en la conciencia de la humanidad con el devenir de los siglos. Sin duda, es verdad. Pero, ¿Qué culpa tenía yo de todo esto?
¿Qué culpa tengo aún?
Pero mi desdicha no iba a terminar. No, usted, señora, se aseguraría de que no acabara tan sencillamente.

El tiempo pasó. Las horas, los días… Difuso, como tinta en el agua, el minutero no paró su implacable paso, incluso al estar fuera de mi memoria. Y las acusaciones siguieron, persistentes, implacables. Hasta que llegaron a su fondo inevitable.
«Malvado», me acusó un día que ya se ha perdido entre estas letras y los recuerdos que ya no puedo alcanzar. Recuerdo mi impacto al saber sus palabras. Se atrevió con eso a decirme a la cara que todo lo que había sido, todo lo que podía ser o hacer, era insensato, aborrecible. Que sólo haría daño a todos los niveles, que disfrutaba con el sufrimiento de otros, que destruía cosas o personas porque sí, que, simplemente, hacía el mal. Eso es lo que la maldad hace, lo que una persona malvada es.
La maldad. El daño por el daño en sí mismo, la destrucción y degradación sin sentido. El terror. El horror.
Y yo, en su mente, señora, era eso. Representaba eso.
Como un villano de tira cómica de quinta, o un monstruo de película de pacotilla. «Malvado».
Dijo que sólo juzgaba lo que veía cuando traté de defenderme y, entre las líneas de sus irracionales mensajes, me dejaba claro que no merecía nada, que no debía tener nada. Que no debía ser nada.
Lo que el «malvado» se merece.
Sé que no soy perfecto. No quiero serlo, de hecho, me siento orgulloso de mis errores, me permiten ser mejor cada día. Siempre habrá cosas en mi vida de las que no me siento orgulloso, y de las que no tiene sentido siquiera tratar de escapar. Sé que no soy perfecto, pero…
Es que aún no lo entiendo. ¿Por qué me odiaba tanto?
¿Y por qué me decía entonces que me amaba?
Y le creí. Creí en su injusto juicio. No lo hice con mi conciencia, sin embargo. Mi mente y mi ser se trataron de defender. Traté de convencerla, de mostrarle la verdad. Traté de argumentarle lo inconcebible de su argumento. Traté de expresarle el daño que me estaba haciendo. Pero, muy en el fondo, le creí.
Lo que le creyó fue mi corazón. Mi alma herida. Le creí.
Y lloré. Lloré mucho, señora. Porque creí que así pensaría el mundo de normales en que sobrevivía, porque creí que me quedaría definitivamente solo si usted se iba, que usted era la puerta por la cual podría encajar en el mundo en que nunca he encajado, y que ahora entendía que nunca me aceptará.
Me juzgó. Me condenó. Me ejecutó. Y yo le creí con lágrimas en los ojos. Porque la amé más que a todo lo que alguna vez he amado, en el fondo de los rincones de mi mente, con lágrimas de sangre, le creí.
Porque soy un estúpido.
Y luego, con más tiempo perdido, llegó la peor de todas las heridas.
Me había atrevido a volver a contactarla unos días antes, luego de nuestra insípida separación, por medio de redes sociales, para más inri. Con mis sentimientos en la mano y mi alexitimia jugándome todas las malas pasadas que se le ocurrió, traté de buscarla para saber si se encontraba bien en medio de la locura que el año 2020 había traído al mundo.
Y tal vez, sólo tal vez, podría conservar la esperanza de verla. De lejos, con todo el amor que aún le conservaba y que se rehusaba a morir, como el último copo de nieve en la primavera brillante de la mañana.
Cuán equivocado estaba. Cuán estúpido fui.
«Haga de cuenta que usted y yo jamás nos hemos conocido», me dijo. Una petición contingente, casi una orden, que supo dar escondida, de nuevo, detrás de una maldita pantalla.
Y, en ese momento de desprecio, en esa petición tan específica, la poca voluntad que me quedaba me fue arrebatada. Mi fuerza. Mi esperanza. Mi dignidad. Mi voluntad… Todo lo que me definía se convirtió en nada.
Aquel horrible e infundado temor que usted, señora sombría, plantó en mí, se hizo realidad. El lado oscuro de mi mente surgió como una plaga, como una roya que todo lo come. No servía como amigo, no servía como pareja. No servía como persona. Era un violador en potencia, y una persona malvada. No valía nada. No merecía nada. No debía tener nada. No debía ser nada.
Mi mundo entero se detuvo. Mi vida se detuvo.
Aún está detenida.
Y usted… Usted. Simplemente, siguió su vida. Como si nada hubiera pasado, como si la historia que nos vivimos el uno al otro nunca hubiese pasado. Hizo de cuenta que usted y yo jamás nos hemos conocido. Lo logró.
Me descartó, Pudo deshacerse de nuestra historia y de todo lo que di por usted, todo lo que nunca entenderá que fui y dejé de ser por usted. Me desechó, como si se fuese una colilla quemada, como si se tratase de los excrementos de una bota o del cadáver de un insecto que recién sus manos aplastaron. Todo con la cara más dura que persona alguna se haya atrevido a poner.
Mientras tanto, un creciente sentimiento aparecía en mi cabeza. Uno que no había podido poner en palabras en momento alguno de mi vida. Sentí que todo lo que había vivido, que todo lo que había logrado, que todo lo que era y lo que sería no tenía sentido alguno.
No tenía ni tendría sentido alguno volver a acercarme al mundo. Sólo haría daño, sólo sería una mala presencia en la vida de quien sea, mi intento de 25 años de hacer una vida en sociedad había fracasado estrepitosamente. ¿Para qué volver a intentarlo?
Sólo servía para hacer daño, justo lo que nunca quiero hacer.
Quería estar solo, y quedarme así por siempre. Quería alejarme de lo que los normales suelen llamar «el mundo», «la vida».
Mi mundo no sólo se detuvo. Se difuminó. Se hizo borroso, como quien se arrepiente de un dibujo mal hecho a medio terminar, y trata de regresar sobre sus pasos con un borrador negro de tanto pasarlo por un sucio papel. Desde entonces, sólo me quedó mi mente, mis recuerdos, y las actividades que, cual si fuese un simple autómata, me mantenían distraído y en calma, para no gritar como el más malherido de los jabalíes.
Quería morir. Y no llegué a entenderlo sino hasta mucho después.
Pero no pude hacer lo que me pidió. Lo intenté, lo juro por todos los dioses. Pero no puedo, no puedo hacer de cuenta que nunca nos conocimos, porque no pude quitarme de encima el hecho de que nuestra historia existió. Que sí ocurrió. Que sí la amé con todo lo que tenía y todo lo que me queda, y que sacrifiqué casi todo lo que tenía en mi vida por usted, señora. En su lugar, lo único que logré fue dañarme a mí mismo. Lo que nunca querré para nadie.
Así que hice lo siguiente mejor que pude: Dañar mi memoria. Fracturar aún más una mente fracturada.
Si no podía hacer de cuenta que nunca nos hemos conocido, sólo me quedaba intentar no conocerla. Si no la recuerdo, no la conozco. Es un razonamiento sencillo que me dio la esperanza de que, si me metía en lo más profundo de mis recuerdos y empezaba a encontrar aquellos momentos que persistían en mi mente, que sí vivimos y sí existieron, si encontraba alguna manera de borrarlos, podría borrarla.
Lo intenté, y logré borrar muchos recuerdos, momentos que parecían efímeros de todas formas y que podrían fracturar el rompecabezas que sólo traía oscuridad a mi vida. El cuadro de nuestra historia, convertido sólo en un lienzo negro, con pintura chorreando y cayendo a un eterno agujero sin fondo.
Fue entonces cuando llegó el fantasma, ese colmo de los colmos que usted dejó escondido en lo recóndito de mi mente, para que saliese en las noches, para impedirme dormir en paz. Desde entonces me persigue, me atormenta en mi cama, cuando el silencio tenue y la profunda y sanadora oscuridad se convierten en su rostro.
En medio de mis intentos para escapar de su espectro, que me perseguía en los pliegues de mi cama, me pregunté por su cinismo. Le pregunté al fantasma, a quien usted no le instaló una voz para poder responderme. ¿Cómo pudo lograrlo tan fácilmente? ¿Cómo pudo, en serio, hacer de cuenta que nunca nos hubiésemos conocido?
Lo sé, señora, esas son preguntas tontas. Pero me las hice, y se las hice.
Porque soy un estúpido.

Fue entonces cuando entendí la verdad, la que siempre estuvo ahí y siempre me eludió, o tal vez no quise ver. Cuando se ama a alguien como llegué a amarla, como usted me hizo creer que me llegó a amar, no se le descarta de un día para otro. Ni siquiera habiéndolo planeado de antemano: Para mi sorpresa, descubrí que un plan, por bueno que sea, no adormece al alma. No te hace frío, ni siquiera te hace parecerlo.
Lo entendí entonces. La verdad que estuvo siempre frente a mis ojos desde el momento mismo en que la vi por primera vez. Pudo descartarme porque no me amaba. Pudo hacer de cuenta que no nos habíamos conocido con tan extrema facilidad y descaro, porque no me amó. Nunca me amó.
Por eso sé que, sin importar cómo suceda todo de aquí en adelante, sin importar incluso si usted, oscura señora, encontrara estas letras que aquí se quedarán flotando en un inmenso mar de unos y ceros, jamás podrá entender la magnitud ni la profundidad del cataclismo que usted desató en mi vida.
No lo entenderá jamás. Y, la verdad, tampoco creo que le importe… Porque, realmente, nunca lo entendió. Nunca le interesó entenderlo.
Sin embargo, no todo fue un esfuerzo en vano. En medio de las grietas que mi memoria ahora se esfuerza en sanar, pude desaparecer muchos momentos de nuestra historia. De hecho, ha sido un gran esfuerzo para mí reconstruir lo que queda dentro de estas letras. Pude incluso borrar vagamente su rostro, convertirlo en otro, que nunca he visto. Pude borrar semanas enteras, noches que ya no sé si son maravillosas remembranzas, o son pequeños destellos que mi imaginación ahora construye para rellenar espacios en blanco.
Aún así, sigue ahí. Usted, y el fantasma.
Sin embargo, y, aunque sé que este podría parecer una patética imitación de Émile Zola con su legendario «j’accuse«, esta extensa misiva no es realmente un juicio. Es, de hecho, un desahogo.
Un intento desesperado de condensar casi siete años de amargura, una esperanza de ponerles fin de una vez por todas.
Por eso, debo ser sincero. Debo decirme la verdad y admitir que la extraño aún. La extraño, sin extrañarla, porque lo que extraño, no es a usted. Me di cuenta de que no la extraño realmente. No necesariamente.
Lo que extraño, son los momentos maravillosos que vivimos… O, más que los momentos, las sensaciones. Los sentimientos. Detrás de toda la mentira, la misandria, la maldita hipergamia, el odio desmedido y los celos descontrolados, los juicios y la insensata humillación, el desprecio, el daño tan tremendo, vivimos también momentos maravillosos. Conversaciones interminables en noches llenas de estrellas. Caminatas por una ciudad tranquila y agradable. Lugares nuevos, culturas nuevas. Conocimientos.
El toque de su mano. Su calidez, sus labios. Su cabello. Su mirada. Su dulzura. Su aliento en las noches, mientras la velaba con amor desmedido.
Sé que nunca fue real nada de lo que decía sentir, nada de lo que me mostraba. Pero, no dejaré de agradecerle por esos momentos. Por esa hermosa fantasía.
Hoy, mis letras desorbitadas son un reflejo de todo lo que siento, de lo que me duele. Lo siento, pero no la voy a borrar. No quiero seguir intentando hacer de cuenta que no nos hemos conocido. No en esta carta, por lo menos. No en este desahogo.
No puedo seguir dañándome así. No puedo seguir rechazándome, intentando odiarme. No puedo seguir permitiendo que mi mente se crea la narrativa que usted instaló en mi cabeza y que su fantasma me sigue recordando cada noche.
Incluso ahora, cuando trato de escribir esta reflexión enrevesada, esta diatriba demente, al son de guitarras eléctricas, pianos suaves y lágrimas sonoras como única compañía, se escapan de mi mente las palabras para tratar de reafirmar lo que debo ser, y no lo que usted me convenció de que soy.
Los pensamientos me eluden, buscan distraerse. Las palabras son sólo borrones inútiles en mi cabeza, mis lágrimas quieren salir, y algo dentro de mí las detiene detrás de mis ojos. Mi mente sólo quiere gritar. Insultarla al menos.
¿Cómo puedo volver a convencerme a mí mismo de que soy buena persona, si lo único que mi cabeza disparatada ha repetido por tanto tiempo fue la misma serie de improperios a los que me sometió?
Pero no. No lo haré. Mis letras prevalecerán. Porque no soy esa imagen de villano ficticio que usted dejó metida en mi cabeza. No lo soy.
Yo existo. Usted y yo sí nos conocimos, y sí nos vivimos, y sí existimos, pese a sus mejores esfuerzos por descartarme. Y sí, la amé. Tal vez, a la vista de muchos, no debí amarla, pero la amé, con todo lo que fui, lo que soy y lo que me quedó.
¿Y usted? No, señora, lo que de usted queda en mi mente es sólo el recuerdo del daño tan horroroso que me causó, así como de los maravillosos momentos que dejó grabados con sangre y fuego en mi alma.
Porque este es el mundo real, aunque a veces no lo parezca, y una perfecta arpía puede ser encantadora al mismo tiempo.
Eso nos convierte en seres humanos.
Pero esto es un desahogo, y no dejará de serlo. Usted no es otra cosa que una atormentadora en mi vida. Usted consumió mi vida, mi mente, mi sangre y mi alma. Y luego, sin mayores contratiempos, me desechó y botó mis restos. Como un cigarro mal fumado, o un trapo viejo.
Una carcasa vacía…
La condesa Bathory bien podría haber estado muy orgullosa de usted.
Y no contenta con eso dejó un fantasma en mi mente, atormentándome cada noche, quitándome el sueño, la paz, la alegría. Presente siempre que salgo de casa, siempre que miro a cualquier lugar. Destruyendo la poquita cordura que aún me quedaba. Cada noche, en la oscuridad de mi habitación, aparece de nuevo, como una burla macabra hecha de miedo y dudas.
Nunca entenderé por qué quiso hacer las cosas que hizo, pese a todo el amor que le di, a todo lo que fui y quise ser para usted. Pero ahora no me interesa entenderlo. Sólo quiero que me deje tranquilo.
Y sin embargo, luego de tantas heridas, de tantas soledades y reflexiones, de tanto dolor y sufrimiento, de incluso pensar en alejarme del mundo o de quitarme la vida por el amor que dejó impreso en mi alma y que quiere revivir cada noche con su fantasma, sigo aquí.
Sigo vivo. No me ganó.

Estoy muy cansado. Pero sigo luchando, y no me rendiré. Porque una buena obra es su propia recompensa, y ahora la obra es para mí mismo.
Saldré de esta horrible tribulación, de todo el infierno al que me sometió, incluso años después de haber desaparecido, de haber hecho de cuenta que nunca nos habíamos conocido. Seguiré adelante, triunfante, con una sonrisa, aunque sea falsa, detrás de las lágrimas de sangre que me dejó plasmadas en la cara.
Y usted seguirá siendo ella, el ser que no puedo despreciar. Cuyo rostro, poco a poco, se desvanece. Cuya historia se deforma en los recuerdos que reescribo cada noche, tratando de «hacer de cuenta que usted y yo jamás nos hemos conocido».
Por eso, por el bien de mi alma, debo reconocer lo que sucedió. Debo reconocer que sucedió, que sí pasó, pero que ya pasó. Que, con su perfección y sus imperfecciones, la amé. Que disfruté y aprecié los bellos momentos que ahora, por su petición insana, debo deshacer de mi memoria. Por eso le admito que usted me hizo tanto daño como amor le tuve. Por eso conservo los hermosos momentos que viví, con un ser que ahora no tiene cara ni nombre.
Debo dejarla ir.
La dejo ir, y le deseo lo mejor en la vida. Deseo que el tiempo haya sido benevolente con su alma tanto como fue implacable con la mía, y que le haya permitido cambiar, ser diferente a la atormentadora que puso tan horroroso capítulo en mi vida.
Le doy las gracias por esos momentos bonitos, por esas hermosas sensaciones y gratos recuerdos que se entremezclan con los horrores que dejó marcados en mí. Y le intento perdonar cada día los horrores a los que me sometió. Le digo adiós, con la esperanza de que, si algún día nos volvemos a encontrar por coincidencia, no salga yo corriendo de miedo como la última vez en que la reconocí, sino que pueda darle una sonrisa sincera…
… o, por fin, pueda no conocerla o, al menos, hacer de cuenta que usted y yo jamás nos hemos conocido, como lo pidió.
Buenas noches.
PD: Podría, por favor, cuando tenga ocasión, llevarse a su fantasma de mi mente, a ver si puedo volver a dormir en paz? Y, además, podría decirle a su marido que he cumplido lo que me ha pedido y que, por favor, por mi tranquilidad, retire su amenaza?
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