«Ella es feliz, es todo lo que importa», le decía a mi amiga Isabel mientras la cerveza se deslizaba al unísono por nuestras gargantas, con la mirada un tanto perdida.
Ella sonreía, tal vez un poco complaciente. Siempre me escuchaba, me ponía atención. Decía que mis ojos brillaban de alguna manera cuando hablaba de ella. No sé mucho sobre eso, a decir verdad. Lo cierto, es que recordarla siempre me lleva a hermosos momentos que ahora se nublan en los pasadizos de mi memoria.
«Perdona, otra vez con el mismo sonsonete«, le dije alegremente al darme cuenta de lo fastidioso que puedo ponerme de nuevo con lo mismo. «Es solo que ella es»…
«Es el amor de mi vida», dijimos ambos al mismo tiempo. Bajé un poco la mirada en ese momento. Me dio vergüenza, sabía que le había hablado antes del mismo tema, pero ¿tantas veces?
«Me gusta verte así», me dijo con amabilidad. «Te brillaron los ojos de nuevo, siento tu sonrisa, me agrada verte así». Le di las gracias, aunque sigo sin comprender cómo me brillan los ojos cuando hablo de aquella hermosa mujer. Luego, tomó un trago de cerveza y continuó. «Dime, ¿no pudo ser distinto? Quiero decir, la querías demasiado. Pudiste quedarte con ella, hacer las cosas distintas, ¿no?».
Lo pensé unos segundos. Tal vez, recité para mis adentros, pudo ser distinto. Pudieron pasar tantas cosas y, tal vez, mi historia sería diferente. Pero… «Naaaah, así fue lo mejor. Era mejor que fuera feliz sin mí. Como en esa canción, ¿recuerdas?»
«¿La de Bunbury? ¿’Aunque no sea conmigo’?». «Exacto», le repliqué. Aunque es cierto y falso al mismo tiempo. La canción era de Enrique Bunbury, pero no era exactamente esa. Había algo de esperanza egoísta en esa canción.
No, la canción en la que me inspiré fue otra.
Aún así, casi como por arte de magia, el bar Barcelona, en que inusualmente estábamos ahora, comenzó a sonar esa misma canción. ‘Aunque no sea conmigo’, un himno al amor perdido por voluntad propia, incompleto por sí solo, al menos para mí.
«Ella es feliz… Es todo lo que importa…», repetí levantando mi botella cuando la canción recitó el pequeño coro «… Puedes jurar que al que te tiene lo bendigo…». Mi mirada estaba medianamente baja, como siempre sucedía cuando la recordaba en momentos así. Isabel puso su mano sobre mi hombro mientras brindaba conmigo. Sabía que mis recuerdos son agridulces. Siempre agradezco de ella que esté conmigo en esos momentos. Solo así puedo lograr que mi cuerpo se trague las lágrimas que comenzarían a derramarse por mi rostro, producto de la melancolía…
«¡Sí, como no!»
La voz que venía detrás de mi cabeza, oculta por el espaldar alto del sofá que se hallaba tras de mi silla, me fue confusa al principio. Luego de unos dos segundos, mi memoria se reanimó, y las inconfundibles notas y tonos de aquella voz volvieron al frente de mi desgastado cerebro. Si antes no quería llorar, ahora por poco y lo hago.
Era ella. Daniela, ella. Justo atrás de mí.
Los años habían hecho mella en su rostro, igual que en el mío, y, sin embargo, la veía tan lozana y hermosa como nunca antes. Su sonrisa era inmaculada, justo como la recordaba, su tez canela seguía siendo tan pura y sutil como siempre. Estaba hermosa. Fenomenal.
La sorpresa y la alegría se mezclaron en mi rostro. No pude evitarlo, no pude evitar gritar su nombre, lanzarme sobre mis pies y reírme mientras la abrazaba. Sólo los dioses saben lo que necesitaba sentir su abrazo de nuevo.
No sé cuánto duramos abrazados. A decir verdad, no me importó. Sólo sé que había pequeñas risas de parte de ambos mientras sucedía.
«¿Es en serio?», preguntó Isabel. Por poco y olvidaba que no estaba solo en la mesa. Me apresuré a presentarlas, secándome un ojo casi de forma instintiva. «Te recuerdo», dijo Daniela luego de decir ambas sus nombres. Claro, cómo pude ser tan tonto, sí la había conocido, hace tantos años ya.
Le pedí que se pasara para nuestra mesa, a lo que accedió desde antes incluso de terminar de pedirlo. No pude evitar notar que su mirada no podía contener la alegría que tan dichoso encuentro había tenido en aquel momento mágico, que mi mente había estirado tanto como había podido. Su copa, a medias con vino tinto, también la acompañó a unirse a nosotros.
Conversamos entonces, como no suelo conversar con nadie jamás. La verdad, no recuerdo mucho de lo que me dijo. Sólo estaba embelesado con su rostro. Con su belleza, añeja como el buen vino que tomaba mientras me contaba sobre sus viajes, los países que había visto, las maravillas que había experimentado, la gente que había conocido. Lo bueno, y también lo malo.
A comparación, yo sólo me había convertido en una fotografía de mí mismo. Un fantasma, que veía pasar el mundo mientras desaparecía a cada paso de mis pies. Isabel defendía mi historia, de alguna manera por lo menos. Le contaba que había cambiado de trabajos, de pensamientos, de vida.
Y, sin embargo, cuando me preguntó «Y entonces, ¿muchas novias?», sólo pude tomarme rápidamente un trago de mi cerveza. Mi historia en asuntos del corazón proverbial no está precisamente llena de bellos momentos… Y tampoco es que sean muchos, si soy honesto.
«No importa», me dijo Daniela sin menguar su sonrisa. «La vida es así, ¿no?». No pude evitar pensar que tenía razón. La vida, entre más duela, más así es. Eso lo aprendí por las malas, hace mucho tiempo ya.
«Es cierto, no importa, ahora sólo importamos nosotros», dijo Isabel. Estaba disfrutando la velada, tanto como yo. Aunque, ella ponía su atención más en mí que en Daniela, siempre con una sonrisa. No sé por qué, pero supe sin que me lo dijera que ella estaba realmente… feliz de verme tan contento.
Lo cierto, es que hace muchos años no me sentía tan contento yo mismo.
De pronto, el sonido de un piano sintético en los parlantes del bar hizo que Daniela y yo nos mirásemos a los ojos, casi al unísono. El himno a nuestra historia alegró aún más nuestra noche. «Antología de Caricias» de «Altamira Banda Show» no era una canción muy prominente, pero tenía una magia entre los dos. Sin decirnos palabra alguna, nos levantamos de nuestras sillas. Nos fuimos al centro del lugar, de nada sirvió saber que no era pista de baile. No importó nada. La gente, las paredes, la calle, Isabel, las sillas, los meseros, el bar. Todo. Sólo éramos ella y yo. De nuevo, como hace tantos años no era.
Sólo ella y yo, bailando lentamente. La única bachata que aprendí perfectamente, de la única forma en que aprendí perfectamente a bailar, con la única persona con quien la bailaría perfectamente. Ella. Daniela. Sólo ella y yo.
Un momento que estiré de nuevo. No sé ni cuánto duró la canción, y no me importó. Sólo sé que, al final de la última tonada, nuestros labios se volvían a tocar como antes. Un poco temblorosos, debo reconocer sin saber por qué. Una lágrima recorrió mi mejilla, tal vez de alegría, tal vez de dolor. Tal vez de…
Lo siguiente que recuerdo es estar frente a aquella casa donde la conocí, donde vivimos tantas y tantas maravillas juntos. Estábamos bajándonos de un taxi que nos había llegado hasta allá. «Me la arrienda mi hermana», me dijo Daniela sosteniendo mi mano con dulzura, jalándola para impulsarme a ir al portal. Antes de que acercara la llave a la cerradura, la jalé súbitamente hacia mí, abrazándonos nuevamente. Quise besarla entonces, aunque creo que ella fue quien me besó. Largo y apasionado, como quien toma agua luego de quién sabe cuánto tiempo pasó entre dunas y más dunas, fue su beso. Fue mi beso.
Simplemente, fuimos.
Entré a la casa, que no había cambiado en nada. La tabla que hacía las veces de mesa frente a nosotros, al frente de la pequeña cocina. Los dos sofás a la derecha, justo antes de las escalas que dan al segundo piso, adornado todo con una cortina gruesa y dos pinturas sobrias. Y más allá de esas escaleras, más allá del pequeño espacio bajo ellas que servía como armario, la puerta entreabierta. La que daba al lugar que más llegó a conocerme, hace ya tantos años. Donde reímos, lloramos, discutimos, y nos amamos.
Era su habitación, que pareció nuestra por tantos años…
… Hace ya tanto tiempo.
Puse un pie dentro de la habitación, y luego el otro. La nostalgia, entonces, como una vieja amiga, agitó mi cerebro. Todo estaba igual. Las mismas paredes de ladrillo pulido, con un inconfundible color ocre oscuro, terminando en el mismo suelo de baldosa color beige. La misma mesa en la misma esquina, vacía como siempre, ya que Daniela siempre andaba con un computador portátil. La misma mesita de noche, heredada de sus padres, que ya han abandonado este mundo hace años y de quienes siempre tendré hermosos recuerdos. La misma cama…
… La misma cama, que fue protagonista, por más tiempo del que cualquiera se imagina, de lo que sólo podría describir en franca lid como «nosotros».
No lo puedo creer. Es como si volviera en el tiempo, pensé sin contener mi sonrisa. Era una fotografía del pasado, vuelta a la vida por designios que no quería tratar de entender.
Un cambio era evidente, sin embargo. Una gran pantalla plana adornaba lo que, antes, era una pared vacía. El tiempo pasa para todos, supongo…
Mis cavilaciones se detuvieron de súbito. Los brazos de Daniela, con su característica dulzura y con una firmeza inusitada, me… Bueno, digamos que me quebraron. Sólo pude cerrar los ojos y exhalar un aliento que más de 10 años de sufrimiento habían contenido, ahora en vano. Me giré. La abracé. Nos besamos de nuevo. Eternamente, una vez más.
Las luces se apagaron, para que la vida volviera a mi cuerpo. A nuestros cuerpos. Conocíamos cada camino, cada escarpada montaña, cada grieta y cada arruga, cada trozo de piel. Nos conocíamos. No habíamos olvidado nada.
Fuimos uno. Una vez más.
A la mitad de aquella danza nos detuvimos, como antes. Era nuestra costumbre. Nos acostamos desnudos en la cama, mirándonos a los ojos. Nuestra conversación entre susurros duró horas, me pareció. Seguimos hablando de lo que vivimos, de lo que crecimos y descrecimos. De mis desventuras, de cómo me volví una fotografía de mí mismo, una y otra vez.
Creo haber advertido una lágrima en su mejilla. No sabría decirlo, ahora que lo trato de recordar.

Y así continuó la noche, entre pasión y ternura. Por momentos nuestra bravura golpeaba las rocas del tiempo que se había perdido entre nosotros, sólo para volver a la calma apaciguadora por largos minutos. Como el salado oleaje en la playa matutina fuimos. Fuimos magia. Fuimos…
… Simplemente, fuimos. Nosotros. Por un instante cósmico, fuimos.
De pronto, el sol se comenzó a colar por las comisuras de la cortina, al lado de la cama. Daniela me seguía contemplando, con cara de cansancio y sudor en su piel. Su sonrisa, suave pero profunda, no menguaba. Sus ojos se encontraban fijos en los míos. Nuestras manos se entrelazaban frente a nuestros rostros y no se soltarían jamás.
La magia ocurría, entre su mirada y la mía, sin dolor. Por fin, sin dolor. Como en tantos y tantos recuerdos que llenan mis anaqueles y que guardo con dulzura.
Entonces, algo extraño. Sentí que el sol, que su luz era un poco más fuerte de lo normal. Sentí que la habitación empezaba a vibrar. Que la cortina, antinaturalmente, bailaba rápidamente.
«¿Qué? ¿Qué pasa?», le pregunté a Daniela mientras la vibración alrededor se intensificaba más y más, y el calor en mi cuerpo aumentaba. Su sonrisa estaba inmutable, pero su miraba era, ahora, de tristeza.
«Que ya es hora».
Abrí mis ojos lentamente. La cálida luz del sol se posaba sobre mi rostro. Reconocí los inconfundibles pliegues de mis sábanas. Mi cobija, gruesa, calentaba mis carnes luego de una noche gélida. Me giré sobre mí mismo, hasta mirar al techo.
Fue cuando lo entendí.
Fue un fantasma. Un hermoso fantasma. Uno que no veía hace tantos años…
Me quedé unos segundos así, tratando de entender. Aún me evade la respuesta. ¿Por qué recuerdo este sueño? Eso no me sucede. Jamás me pasa.
Sin embargo, ahí estaba. Vívido, como si hubiera pasado, como si mi mente hubiese viajado a una de esas realidades alternativas de las que tanto hablan las historias que he leído y visto tras pantallas y páginas. ¿Por qué lo recuerdo?
Un misterio, y lo digo con una sonrisa muy amplia mientras mis dedos se posan sobre las teclas, que no quiero resolver.
Pronto, el olor del café me hizo levantarme rápido de la cama. Mi madre había traído un café para alentarme a empezar mi jornada con ánimo. Mientras me lo entregaba, una mueca extraña adornó su rostro. No puse mayor atención. Aún pensaba en ella. En Daniela.
Mientras desayunaba, mis ojos se iban al vacío. Recordaba cada segundo, cada momento del fugaz y onírico encuentro. No dejaba de sonreír. De pronto, una pregunta velada a mi lado. «Tú estás raro», mencionó mi madre, con su plato de desayuno frente a ella. Volví a verla, y a la realidad en el proceso.
Entonces, puse atención a su mueca. Creo… Que se encontraba extrañada, pero tranquila.
«¿Por qué lo dices?», le pregunté, llevándome un bocado a la boca. Su respuesta trasladó la mueca que estaba haciendo hacia mi rostro. «Es que te están brillando los ojos».
Unos minutos después, me dispuse a ingresar a mi computadora, para afrontar la jornada de trabajo que se avecinaba. Para comenzar mi día. Sin embargo, en los dos primeros minutos antes de que, una tras otra, infinidad de llamadas llegaran a mis oídos para ser atendidas, mi mente divagó de nuevo. En el sueño. En ella.
No sé por qué habré traído a este fantasma luego de tantos años. Ahora, que las teclas golpean el plástico para reflejar mis pensamientos mientras cuento esta historia imaginando mi voz en mi cabeza, sigo sin saberlo. Más extraño que eso, es el hecho de recordar mi sueño después de tanto tiempo. Aunque, no es siquiera un misterio el saber por qué no puedo evitar sonreír cuando lo recuerdo.
Ella, casada y lejos de toda posibilidad de volver a verla. Yo, una fotografía de mí mismo. Y es mejor así. Que los buenos recuerdos inunden la memoria y la nostalgia, y que las lágrimas que hubieron se borren en las cavas del olvido… Pienso yo.
Sí, pudo ser distinto. Isabel tenía razón en mi sueño. Quiero decir, la quería demasiado. Pude quedarme con ella, hacer las cosas distintas, intentar ser distinto para ella… Y hubiera fracasado espectacularmente en el intento. Mi soledad es mi recompensa. Verla en el mundo, siendo radiante como ese sol de medianoche con el que soñé, con quien bailé al son de mi bachata favorita (Bachata, si es posible creerlo). Con quien disfruté en una cama hecha de hilos de memoria e irrealidad. A quien toqué en su piel de imágenes guardadas en los arcones de mi palacio de los recuerdos. Un recuerdo. Ella es feliz. Es todo lo que importa.
Sin embargo, algo me inquieta. Entre el sueño y el despertar, entre el frío y el café, algo se repitió. Un simple comentario que me hizo divagar nuevamente. Una impresión… sobre mis ojos.
«Brillan».
Sigo sin entender a qué se refieren todos.
Esta historia fue «real» y ficticia al mismo tiempo. Corresponde al sueño más hermoso y reconfortante que he tenido en años, pero no sucedió más allá de eso. Los nombres fueron cambiados para proteger la privacidad de sus protagonistas, que existen en la vida real.
Comenta algo...
No hay Comentarios
Sé el primero en comentar...