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Las lágrimas caían por mi rostro aquella noche, sin control, como un grifo dañado que nadie quisiera tener que reparar. En mi mente, ya nublada a punta de alcohol y humo barato, mis pensamientos eran una única maraña que no podía desentrañar pese a mis mejores esfuerzos.
Mi voz sólo podía entonar lo que el aguardiente me permitía. Aún así, estaba entumecida. Mi cerebro trataba de dilucidar el laberinto en que se había tornado a sí mismo.
Me dolía mucho el corazón. Aún me duele.
Y, frente a mí, ella. Aún sin abrir completamente los ojos, como siempre, con una inusitada calma que nunca pude descifrar, escuchaba y me miraba.
Estaba, y no estaba. Mientras, estoy seguro, mis ojos y mis labios trataban de coordinarse para decirle una verdad. Un ruego.
Una súplica humillante y estúpida que jamás debí entonar, pese a que todas mis voces se pusieron por primera vez de acuerdo en decir al unísono, jamás pude decir realmente.
«Me estás celando por nada, me estás maltratando por nada, me estás celando por nada».
Mientras esto sucedía, y sin estar consciente de ello, en el rostro de ella se mantenía una sonrisa jocosa. Una que mis lágrimas etílicas no me permitieron ver aquella noche, que no he podido borrar.
Nunca debí haber ido a ese lugar esa noche.
Sin embargo, el inicio de la velada fue mucho más «amigable». Incluso, todo iba conforme al plan. Llegué a uno de nuestros bares favoritos, un lugar agradable y pequeño donde la conversación siempre fluye tanto como el rock y el licor y que, al viento de la noche, crea momentos memorables.
Incluso muy cerca de ese lugar, se dio uno de los peores momentos de mi vida… Pero esa, como dicen, es otra historia.
Lo cierto, mi querido lector, es que me senté, preparando el dinero que incluso había ahorrado para esa noche, y le escribí desde mi teléfono.
Habíamos tenido una de nuestras peores discusiones unas noches antes. Los protagonistas: Los celos. Otra vez. Otra vez el fantástico enemigo imaginario que siempre está presente. La chica en la oscuridad, la zorra, la amante, el amante, la entidad. El color de cabello, la línea de un tatuaje. La mirada en la calle. El sitio de reuniones para infieles y degenerados al que no sólo iba, sino del que era un suscriptor frecuente. La sombra.
Y en el centro, yo. Otra vez culpable de un deleznable crimen que ni siquiera conocía, o llegaba a entender.
En todo caso, ella no quería encontrarme. Por unos varios minutos tuve que intentar convencerla de diferentes maneras para que pudiere aceptar intentar solucionar nuestro problema. Luego de varios insultos e improperios de su parte, en los cuales incluso se atrevió incluso a sugerir que lo que sentía por ella, hermoso o triste, no era real sólo porque ella lo decía, decidió venir en el transcurso de la siguiente hora, y prometió que no tardaría mucho.
Había preparado el escenario, y le dije que le invitaría el licor, los cigarrillos y todo lo que quisiese consumir, para que no tuviese problemas al verme. Yo sólo quería hablar y, tal vez de paso, volver a tener un momento agradable y mágico a su lado, como hace semanas no tenía. Sólo aceptó verme cuando le dije que invitaría el licor.
Ahora que lo pienso…
Te quiero como eres.
Esa frase, tan simple, tan estúpidamente poderosa, fue la que se quedó suspendida en el aire aquella noche.
Habíamos quedado de vernos en aquel bar que ya no existe, como si su desaparición hubiese sido un presagio, un intento del universo por borrar todo rastro de lo que allí ocurrió. Yo llegué primero, por supuesto. Siempre era así.
Tenía la absurda esperanza de que llegar temprano y acomodarme en el rincón más discreto del lugar me diera cierta ventaja, me permitiera observar sus gestos al entrar, leer su ánimo antes de que me viera, anticiparme a sus pensamientos. Tener el control…
… Por lo menos una vez.
El plan era simple, y ya estaba contemplado. Cada posibilidad, cada iteración, cada posible escenario final. Todo estaba previsto. Incluso tenía un guion mental: «Los reuní aquí porque…». Y allí estaba yo, pobre iluso, pensando que podía llevar la conversación con mesura, que podía explicar mis sentimientos y que, tal vez, ella podría entenderme. Llamé al fulano que nos había presentado, creyendo que, con un mediador, la comunicación sería más fluida. El plan era simple.
Pero las palabras se atoraron en mi garganta. Lo que esperaba y planeaba que fuera un diálogo para tratar de reparar lo que estaba dañado, se convirtió en una burla.
Apenas dije la frase inicial, ellos se rieron. Mi querido lector, ¿alguna vez has sentido que el suelo desaparece bajo tus pies? Porque eso sentí yo. Era como si cada intento de expresar lo que sentía se volviera un chiste privado del que yo era el payaso. Mis palabras, mis emociones, mi dolor… todo se volvió humo entre carcajadas.

—No seas ridículo, ¿qué vas a decir ahora? ¿Otra de tus ideas absurdas? —dijo ella, entre sorbos de cerveza, apenas mirándome.
Traté de hablar, pero las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos. No importaba cuánto me esforzara, no podía dejar de temblar. Intenté explicar cómo mi mente funcionaba, cómo las emociones se arremolinaban dentro de mí, cómo mis pensamientos se volvían huracanes que apenas podía controlar, que sus señales eran confusas, incluso erráticas…
Pero ellos solo veían a un hombre llorando. Nada más.
—¿Ves? Siempre te haces la víctima —agregó ella sin poder ocultar su sonrisa, mientras el otro reía.
Y fue ahí, en ese punto donde dejé de sentirme humano. Me convertí de nuevo en un bufón, llorando en un rincón oscuro, buscando, suplicando por un poco de comprensión, mientras ellos se deleitaban en mi dolor.
Otra vez.
No puedo fallar. No de nuevo. No esta vez.
Ese pensamiento resonaba en mi mente como un eco constante. Pero ya nada parecía tener sentido. Esa noche se convirtió en una neblina de alcohol, tabaco barato, rock pesado y desesperación. Yo bebía aguardiente como si en cada trago pudiera tragarme las lágrimas. Ella seguía allí, bebiendo, sonriendo levemente, casi ignorándome, como si mi sufrimiento fuera solo el sonido de fondo de su noche.
La rabia se acumulaba, lenta, inexorable. No lo recuerdo con claridad, pero sé que en algún momento golpeé la mesa. No fue un golpe fuerte, no al menos para mí, pero fue suficiente para que ella y su acompañante, el mismo fulano que completó el daño de aquella fatídica noche y que creía que se estaba escondiendo desde una mesa aledaña, se rieran más. Y más.
Hasta que un bálsamo apareció en escena.
Mi mejor amiga estaba allí, vigilando desde una esquina. Aquel ángel que decidió protegerme cuando yo no podía protegerme a mí mismo. Fue ella quien finalmente intervino, quien se acercó y le dijo a ella, con una voz tan afilada que hasta el aire pareció detenerse:
—Creo que ya fue suficiente. Mejor te largas, o te hago largarte.
Nada más recuerdo.
Los días siguientes fueron como una secuencia infinita del mismo dolor. Seguían las acusaciones. Los celos enfermizos. Los reclamos sin sentido. En algún momento, me acusó de tener deseos con una amiga suya, solo porque le toqué la rodilla al hablarle. No fue nada. Pero para ella fue una prueba más de mi «perversión».
Y luego vino ese día…
—Bibi, ¿pero por qué no miras al frente? Ni que fuera a comerte viva por poner atención al camino…
Ella se dio cuenta de que caminaba mirando al suelo. ¿Sabes, mi querido lector? La última vez que había hecho eso fue en el colegio, cuando tenía miedo de mirar al frente y dar cualquier razón para que me matonearan… 1999…
Hacía 25 años.
Así continuamos por varias semanas, en un vaivén de reproches y vacíos. No era tristeza lo que sentía. No únicamente. Pero tampoco podía definirlo. Rabia, tal vez. ¿Frustración? ¿Asco? Quizás.
Hasta que todo terminó. Otra vez. Por mutuo acuerdo. Por WhatsApp, como esos cobardes que juran amor eterno en un mensaje y terminan en otro. Nos habíamos prometido nunca hacer eso, pero ahí estábamos. Cumpliendo nuestra última promesa rota.
Meses después, el mundo se detuvo. Un monstruo invisible COVID-19 nos encerró a todos. Y, en ese encierro, yo seguía pensando en ella. No pude evitarlo. Como un fantasma que se negaba a desvanecerse.
Intenté contactarla. ¿Qué tan idiota puedes ser, no? Pero lo hice. Quería saber si estaba bien. Quería cerrar la historia de una mejor manera. Quería… quería aún una esperanza.
Y fue entonces cuando me lo dijo.
—Haz de cuenta que tú y yo jamás nos hemos conocido.
Cuentan, mi querido lector, que la esperanza es lo último que se pierde. Lo que nadie atina a decirte, es qué sucede cuando, finalmente, se pierde.
Y yo la perdí.
Mi vida se volvió una secuencia monótona de días grises, confinados no solo por el virus, sino por mi propia mente. Dejé de salir. Dejé de vivir. No merecía estar con nadie. Ni con nada.
Intenté olvidarla. Lo que dicen todos. Lo que todos aconsejan. Borra los recuerdos, suprime los pensamientos. Y lo intenté. Me introduje en los recodos de mi mente, buscando convertir lo que viví en un único lienzo, pintado sólo de negro.
Me forcé a borrar cada momento, cada sonrisa, cada lágrima. Pero no pude. No completamente. Solo he podido contarte lo que no pude borrar. Las gotas que siguen cayendo del lienzo.
Mi rostro se convirtió en una fotografía. Cada día reflejaba lo mismo, y lo que había, simplemente, era vacío. Una vida detenida. Una lágrima que no quiso volver a salir. Y un deseo oscuro, el peor de todos, creciente en mi mente. Uno que, luego de tanto tiempo y de, por fin, callar para siempre, no quiero volver a recordar. Jamás.
Y ahora… Han pasado seis años. Seis largos años de soledad. Solo me queda mi mascota, que me escucha sin responder. Mi madre, que no sabe ni la mitad de esto. Y el fantasma, que ella dejó infiltrado en mis recuerdos, que vuelve cada noche, cuando cierro los ojos y la oscuridad se convierte en su rostro.
Como una astilla en mi mente, volviéndome loco, más de lo que pudiere haber estado nunca.
Hoy sigo aquí, sobreviviendo.
He tratado de escribir esta historia como un intento desesperado de sanar. Pero la verdad es que las palabras se me escapan, no son suficientes. Incluso, en mi desesperación, tuve que pedirle a una inteligencia artificial que me ayudara a continuar, porque ya no encuentro la inspiración. Mi mente sigue adormecida.
«A veces, la peor prisión no tiene barrotes, sino recuerdos. Buscamos redención en el perdón ajeno, pero ignoramos que el verdadero verdugo no es quien nos hiere, sino la voz en nuestra mente que nos repite que merecimos el daño. En la oscuridad de esa celda mental, cada intento de olvidar es un nuevo grillete, y el único escape posible es aprender a perdonarnos por haber amado tanto a quien no lo merecía».
La hermosa reflexión de la I.A., bien un bálsamo, bien un recordatorio de lo que queda de mi mente atormentada, condensa todo lo que ella dejó en mi vida.
Podrás alejarte, tomar precauciones, pero ¿realmente has logrado escapar? ¿Puedes, realmente, escapar? ¿O es que, en verdad, no tienes la fuerza, o la astucia, para esconderte del destino? Pero el mundo no es pequeño. Tú lo eres. Y el destino te encontrará donde vayas.
A veces, me obligo a recordar, a confrontar lo que siento. Trato de borrar al fantasma, trato de dormir en paz, por primera vez en seis desgraciados años.
Mi único consuelo, si acaso tal cosa sigue existiendo, es que, tal vez, ella pueda ver estas letras, lo único que me queda, que, en el aire y el silencio, puedan jugar a ser justicia.
Sigo aquí. Sigo vivo. No importa cuánto daño me haya hecho, sigo aquí. Y no me rendiré.
Debo seguir.
Debo seguir…
Buenas noches.
(La parte final de esta historia es una carta, dedicada en silencio para ella sin intención, ni de que la lea, ni de que no la lea. Un desahogo contundente que debía dejar salir. Puedes leerla aquí)
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