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Y así se sucedieron los días y las semanas. Prefiero pensar que, de alguna manera, nos disfrutamos, mi querido lector. Ella y yo compartimos tanto tiempo como nuestros tiempos nos lo permitieron.
Nuestros días fueron de conversaciones, de caminatas y pedaleadas, de manos entrelazadas, sonrisas, comidas, lugares distintos, lecciones…
Nuestras noches fueron de licores y humos, de risas a veces, de parches con conocidos, de bailes (o intentos de bailes), de más caminatas, de conversaciones, de cenas, de juegos…
Nuestras madrugadas fueron de abrazos y besos. De piel en contacto, cálida y tersa, de labios suaves y grandes, con pequeños contactos y caricias a nuestras mejillas y nuestras frentes. De sueños profundos y tranquilos, con ella entre mis brazos, sólo con nuestra piel interponiéndose entre nuestras almas y nosotros. De paz, a veces. A veces, inmerecida…
Y, sin embargo, los enfermizos celos, las rabietas, los reproches, las molestias, los improperios, no eran sólo un recuerdo desvanecido que cobraba color en raras ocasiones. Era un fantasma, un espectro, siempre presente, siempre acechante. Y, como para «quien no quiere caldo», volvía siempre con más fuerza.
Bastaba que girara la cabeza frente a ella a cualquier lugar, en cualquier momento, por cualquier circunstancia, para que se desatara, otra maldita vez, el pandemonio. Había siempre este enemigo invisible, este deseo metafórico que le profesaba a cuanta mujer pasara por frente a mis ojos, este reproche de que no soy como los hindúes o los musulmanes. Que no respetaba lo suficiente, que no quería lo suficiente, que no me entregaba lo suficiente.
Que miraba a cualquier cosa que no fuera ella. En cualquier momento del día.
Cuánta razón le hubiese dado de no saber cómo realmente son las tradiciones hindúes y musulmanas respecto a las relaciones de pareja. Tradiciones que, por cierto, defendía a capa y espada. Romantizándolas, normalizándolas, vistiéndolas de seda turca o de lana pesada con mandalas sacadas de quién sabe qué país del medio oriente… Mezclando los nombres «Chiita» y «Sunita» incluso.
Y no, mi querido lector, no me vayas a malinterpretar: La cultura musulmana es, definitivamente, mística y hermosa en gran medida. Pero no lo es una buena parte del compendio de sus costumbres y tradiciones, traídas de una religión creada por una persona que, si bien fue sabia, vivió en una época diferente. Lo comprendo por los tiempos en que las costumbres islámicas fueron creadas, pero no comparto dichas costumbres… Especialmente las profesadas por el régimen talibán, que han migrado particularmente a la rama chiita.
Puedes buscar, como un pequeño ejemplo, la historia de Malala Yousafzai y profundizar en ella si no me crees. Yo no lo haré ahora, no sólo porque este no es el tema de estas letras, sino porque no quiero revivir más dolor del que debo.
Volviendo al tema, los celos eran una constante en nuestra relación, mi querido lector. Cualquier mujer era un enemigo en potencia, cualquier mirada una afrenta hacia su dignidad y su respeto, cualquier respiro o saludo un ataque hacia ella.
Hasta que no fue suficiente cualquier mujer. No en su narrativa.

Para mi desgracia, no he podido borrar de mi mente la ocasión en que, en el bar que nos gustaba, ese que ya no existe, como si hubiese tocado sarna, su expresión cambió súbitamente. La razón, al menos en su mente, es que le estaba coqueteando al caballero de la mesa de al lado. Su rabieta duró más de una hora y, aunque se calmó eventualmente, no hubo poder en mis manos que pudiere convencerla de que nunca hice maniobra de seducción alguna hacia aquella persona, y contra ella.
Hasta el sol de hoy, sigo sin recordar algo sobre aquel individuo, que, sin duda, debió ver la escena con vergüenza, con algo de risa incluso, hasta donde alcanzaría a imaginar a una persona sin rostro o facciones definidas. Te juro, mi querido lector, no tengo ni idea de qué persona era.
Mientras escribo estas letras, al calor de otro cigarrillo en mi garganta, también salta a mi atención otro amarguísimo momento de nuestra relación. Ella, cerrada completamente a todo sentido común, hizo un arranque de celos cuando guardé en mi billetera el único billete de $20.000 que tenía para llevar a casa y comprar tantos víveres como pudiera. Más amargo aún que el hecho de no poder hacer casi nada, incluso hace 6 años, con tal cantidad de dinero, era el hecho de que ella no podía soportar el hecho de que debía contribuir con mi hogar, con mi madre, en tanto como me fuese posible.
Tuve que mentirle, por única vez en nuestra relación, para que se calmara nuevamente. Le dije que trataba de ahorrarlos para ir juntos a una cascada. Mi patético intento de ardid, si bien no me funcionó, no goza de arrepentimiento.
La plata, en comida, nunca está mal invertida.
¿Cómo olvidar, escribo con un suspiro pesado, la vez en que, por tener la costumbre de encontrarme en una que otra noche con mi mejor amiga (mujer gay y comprometida con su novia para la fecha, por cierto) tenía una aventura con ella, escondida entre miradas, astucias, subterfugios y mentiras, al más puro estilo de Zeitgeist?
Recuerdo vagamente cuando, cual juez vestida de parca con su huesudo dedo apuntándome, me preguntó por qué no hacía un verso sobre ella misma. Quiso saber para quién iban dedicados mis versos, a quién le profesaba un amor secreto y sombrío.
Como si una musa tuviese que existir en este mundo para inspirar la más bella de las locuras, ¿Verdad, mi amada Selene?

La peor de todas las escenas, sin embargo, ocurrió cuando descubrió que había publicado en el muro de mi cuenta en Facebook una canción, particularmente agradable para mí por sus movimientos de guitarra eléctrica y la voz ronca de su cantante, gran celebridad de la música rock desde los años 80. Pero eso no fue lo que ella vio. Lo que vio fue la letra, buscó su traducción y concluyó, sin razón alguna, que tenía una amante y que le profesaba mi amor, tanto a la inexistente mujer, como a ella al mismo tiempo.
Por cierto, la canción es esta, por si la quieres escuchar:
Entonces: Me celó con un completo desconocido, me celó con un billete (Y con mi madre en el proceso), me celó con mi mejor amiga, con una canción incluso. Con mi mente. Con mi corazón.
Conmigo mismo.
Y yo, mientras tanto, con mi metafórico gorro de bufón, no dejaba de sonreír al pensar en la hermosura y sublime belleza que, en medio de las cálidas madrugadas con su piel entre mis brazos, me impulsaba a mentirme a mí mismo, a creerme el cuento de que ella era la indicada, que debía luchar.
Que conmigo podía ser diferente.
Cuando no aguanté más la situación, cometí el error de decidir tomar acción. Hablé con nuestro conocido en común, su «amigo», para concertar una reunión. Quería hacerlo de forma solemne, seria, que pudiera dejar claro el mensaje de que no sólo sus celos son infundados, sino innecesarios. Que mis miradas no tenían ningún significado oculto, que no conspiraba en su contra, que era tonto siquiera pensar en ello.
Quería hacerlo de forma solemne. Planteé todas las opciones de respuesta, todas las posibilidades, tenía todo calculado.
«Los cité esta noche porque…» fue lo único que pude decir de todo lo que había planeado.
Lo que siguió, fueron las risas más amargas que alguien me haya dedicado en mis 34 años de haber sobrevivido a bullying, burlas y maltratos en todos los contextos posibles.
La mujer que quería. Se burlaba de mí a fuertes carcajadas. En público. Con su amigo al lado, en el mismo volumen. Como si de la más amarga y macabra de las sinfonías se tratase. Retumbando en mi mente.
Dañándome.
Dañándome.
Cuentan, mi querido lector, que la esperanza es lo último que se pierde.
Aún con las risas y la humillación que estaba experimentando, dije torpemente lo que quería decir, fuera de todo plan elaborado: Que no era justo que me celara así, que no había razón para ello. Que me sentía mal porque no lograba hacerme entender ante ella, que buscaba lo que siempre busqué, que conmigo fuera diferente… Me justifiqué, me expliqué, tan extensa y estúpidamente como no tuve otra opción.
Le dije que no quería que nuestra historia fuera amarga, que quería ser feliz con ella.
Después de recuperar el aliento me convenció, como si no fuese nada lo que le había dicho, como si, luego de abrirme el pecho frente a ella, incluso con lágrimas en los ojos, sólo hubiera un agujero, de que ella nunca sería como todas las demás mujeres en mi pasado y en mi futuro que sólo buscaban maltratarme y brindarme infelicidad y que, incluso, buscaría ayuda para aprender a tratar conmigo.
Idiota, me maldigo hoy mientras sigo escribiendo, casi vencido por la noche, por el frío. Por la amarga y húmeda oscuridad que no encuentra la forma de escapar de detrás de mis ojos y me presiona, me duele.
Me duele mucho.
Porque ella me acuñó, con la esperanza como su arma, la peor de las ideas. Que sólo con ella podría ser feliz y que, excepto ella, no debía estar con nadie.
Aunque, si le preguntas, ella dirá que nunca dijo tales palabras, y es cierto. Te dirá que esa noche sólo tuvo buenas intenciones, que trató de ser comprensiva, y es falso. Sólo fue sutil, como un tumor naciente en el corazón y la cabeza.
Me dio la peor de todas las heridas, disfrazada como esperanza. Y tan perfecta fue su artimaña que no me di cuenta sino hasta mucho después.
Esperanza. Como si fuera una joya, y no una cadena y un grillete cuando se le da la gana.
Una vana ilusión.
Una hermosa pesadilla.
Pero, aunque pudiere darte la impresión equivocada, este no es el final de esta historia… Ni lo peor de ella.
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