Ella (Parte 2)

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(Si quieres continuar con la música que te he recomendado anteriormente, por favor da «play» al siguiente video)

 

Ella era una adulta funcional. Cumplía con su trabajo en la empresa familiar donde la conocí, pagaba su renta, mantenía sus reservas de víveres y dineros abastecidas, y sostenía a su hija. La mayor de tres, con quien vivía en un modesto apartamento en una parte no tan concurrida (Aunque suficientemente segura) de la ciudad.

De lo que aún escapa a mis intentos, recuerdo amargamente haberle tomado mucho cariño a aquella adolescente en aquel tiempo. Vi en ella alguien agradable y en constante evolución, alguien cuyo pensamiento estaba en constante sintonía con el mundo moderno pero que, sin embargo, tenía un aire… viejo. Vi a alguien con quien podía conversar, sin miedo ni prejuicios, y a quien pudiere dar y pedir consejo cuando fuere el momento.

Vi en ella a una amiga.

Era el tiempo en que aún deseaba tener amigos.

 

Los otros dos hijos, una niña pequeña y distante, y un joven adolescente y tranquilo, vivían con sus respectivos padres. Sin embargo, la visitaban periódicamente, siempre bien estructurados, críticos y apersonados de su tiempo y su momento, pero no irresponsables. No dependientes, al menos no me lo pareció.

Así que no, mi querido lector, sé lo que piensas pero no son lo que hoy llaman despectivamente (o con algo de humor) «bendiciones». Son hijos, en aquel momento en crecimiento y formación.

 

 

 

En un principio, aún así, me preocupé por mí mismo en mi relación con ella. Me dije lo que muchos hombres nos decimos en este tipo de situaciones (y que no repetiré porque sé que lo imaginaste antes que lo mencionara, mi querido lector). Pero ella me tranquilizó desde muy temprano. «No busco padre para mis hijos, ellos tienen a sus padres», me dijo.

También me dijo que no buscaba «quién la mantenga» por sus dos trabajos…

… O tres…

 

Además de la empresa en que su familia la había contratado, según me contó, luego de una gran debacle que le orilló a regresar a esta ciudad luego de vivir en una gran metrópolis por un buen tiempo, también dedica sus energías a disfrutar, y capitalizar, de la creación de videos para la plataforma YouTube. Especialmente dedicados al baile y la música, sus pasiones incumplidas, sus videos gozaban de gran aceptación, pese a estar hechos de forma simplista, con una calidad… digamos que «burda», y un trasfondo sencillo. Logró ganar mucha aceptación entre sus seguidores, que se incrementaron a tanto como su creatividad y su deseo le permitió.

Además, también hay un lado oscuro en toda la labor que ella desempeña. Pero, aunque yo sea muy hablador y explique muchas cosas, no abriré la boca al respecto, mi querido lector.

 

 

 

Hay cosas que uno preferiría olvidar. Y, sin embargo, la mente no coopera con el deseo. Se aferra, como los dedos helados de un muerto al borde de un abismo, a todo aquello que debería dejar ir. No porque no duela, sino precisamente porque duele demasiado. Y, en ese dolor, insiste en hacer nido.

 

No sabría decirte con precisión, mi querido lector, cuántas veces me acusó de serle infiel. Ni con quiénes. Tal vez, porque el número de personas que salieron de su boca fue tan amplio como surrealista. Hombres, mujeres, rostros conocidos y completos desconocidos. Cualquiera era sospechoso. Un gesto, una mirada, una sonrisa cortés, o tan siquiera un color de cabello o la forma de un tatuaje en un brazo, eran suficientes para que su mente tejiera una historia… Y mi pecho se llenara de piedras.

 

Celos.

Celos que eran una mezcla entre posesión y delirio, y que a mí me sabían a veneno. Me encontraba explicando lo inexplicable, tratando de justificar lo inexistente, de darle lógica a lo absurdo.

Y entonces, vino lo peor. Lo que no tiene nombre.

Me acusó… de desear lo inaceptable. De querer hacerle daño a lo más preciado de su vida. A sus hijas.

 

 

 

En medio de recuerdos que se rehúsan a irse de mi mente, tanto como a asentarse en una línea de tiempo concreta, surge una tarde, cuando me miró con un horror que jamás olvidaré, sólo porque giré mi cabeza en dirección a su hija mayor. En su mente, mi mirada escondía una intención monstruosa…

… Jamás entenderé por qué. Ni deseo hacerlo.

 

 

En medio del asqueroso sabor de mi cigarrillo, surge un segundo recuerdo, aún más abominable. En su apartamento, y con el calor húmedo que hacía insoportable cualquier prenda, se atrevió a decir que mi torso descubierto frente a su hija menor era prueba de que yo era un monstruo en potencia. Mi querido lector… me sentí podrido por dentro. Como si algo dentro de mí hubiese muerto de forma irreparable.

 

 

Sentí rabia, por supuesto. Pero más que eso, sentí impotencia. Frustración. La clase de frustración que se convierte en nudo en la garganta, en insomnio, en silencio obligado. En esas noches que se alargan hasta el alba con el pensamiento obsesivo de “¿en qué momento pasó esto?”.

Me maldije por no haber huido antes. Me maldije por no haber entendido antes que algunos labios besan con fuego, pero también muerden con odio.

 

Pobre iluso, pienso ahora y me maldigo a mí mismo mientras rebusco entre los recovecos de mi cabeza las palabras correctas para escribir sobre todo este asunto. Sobre ella.

 

 

 

 

Y, sin embargo, ni siquiera esas acusaciones —que hoy, todavía, me sacuden como un golpe al pecho— son las que más me han dolido.

 

Lo peor vino cuando me escupió su desprecio en público, disfrazado de insulso cariño. Frente a otros. Me miró como si fuese menos que el barro. Se burló de mí. Me humilló, me redujo, me hizo trizas ante los ojos de quienes me rodeaban. Como si mi alma fuera algo desechable. Como si yo, yo mismo, fuese un chiste de mal gusto.

Eso, mi querido lector, no tiene redención. Y tampoco tiene olvido.

 

 

No te voy a mentir, no estoy bien. Pero sigo aquí, aferrado a estas letras. Tal vez ellas logren decir lo que mi voz no puede pronunciar. Tal vez, en este acto de escribir, encuentre algo de justicia, algo de paz… Aunque sea en el aire.

Buenas noches.

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1 Comentario

Mehai Hurtado
23 de abril de 2025
Se percibe en sus escritos honestidad, un bonito relato, a pesar que faltaron detalles que nos involucran más como lectores. Las deidades, solo existen en la mitología, así que recomiendo que afine su olfato como sabueso, así ante cualquier señal de riego contra su integridad física y mental. Huir !Saludos Sr David