Dejar ir…

clouds near mountain

Dicen, mi querido lector, que la madurez llega sólo con la edad.

 

 

 

 

 

Uno de los primeros recuerdos que tengo de mi vida se llama Juliana. Una niña de quien creí estar profundamente enamorado desde una infancia muy tierna y remota. Pensaba en ella todo el tiempo, imaginaba una vida con ella, con la belleza que, de niña, ostentaba. La idealicé, pensé en todas las posibilidades, cómo crecer con ella, cómo sería de adulto, en diferentes escenarios, en diferentes condiciones, sin hijos, con hijos, casados, no casados…

Todas las posibilidades. Y todo se daba porque, como imaginarás, mi querido lector, el pensamiento de aquella chica volvía a mi mente. Una y otra vez, sin parar. Durante 13 largos años.

Cuando la volví a ver, me decepcioné solo. Era una persona completamente distinta a lo que imaginé. La endiosé, la puse en un pedestal en mi mente, sin que siquiera algo hubiese sucedido entre ella y yo en ningún momento de mi vida.

Luego de decepcionarme, muchas cosas comenzaron a pasar, todas al mismo tiempo. No tuve tiempo ni cabeza de pensar en Juliana nuevamente. De hecho, escribir estas letras son lo primero que pienso de ella en, probablemente, más de 20 años.

 

 

Al terminar mis años estudiantiles (de colegio, quiero decir), estaba concentrado en muchas cosas. Pero, un pensamiento nublaba mi mente. El dolor del bullying.

El miedo a volver a enfrentar las burlas y las agresiones de cualquier persona a quien me acercara erróneamente, creyendo que era un «amigo». Pensaba en diferentes opciones, alternativas, estrategias de salida, técnicas de defensa, formas de alejarme del daño. De hecho, en aquel tiempo, comenzó a estar de moda la serie de anime «Neon Genesis Evangelion» y, entre las muchas dudas existenciales que esa serie planteaba en la mente de muchos incautos, me quedó grabada la pregunta «¿Qué tiene de malo huir de lo que te hace daño?».

Algo que persiste en mi vida hasta el día de hoy, pero que será tema para otra entrada, mi querido lector.

 

 

 

Pasaron 11 años desde mi salida del colegio hasta mi entrada a la universidad, y otros años en ella. Nació mi sobrina, y creció… Y recibió su propio bullying. Luego de que ese fenómeno la tocara a ella, con permiso de sus padres, conversé con ella. Le presenté mis conclusiones en una técnica sencilla pero inquebrantable para quitarse de encima el bullying. Si hubiese llegado a esa conclusión en mis tiempos de colegio, otra hubiese sido mi historia. De eso no tengo dudas, mi querido lector.

Pero, sólo en ese momento, pude entender muchas cosas sobre el bullying que recibí en mi tiempo, y pude dejar de pensar en ese asunto.

Hoy creo otra cosa con relación al concepto de amigos. Pero eso, como dicen, es otra historia.

 

 

También, de mis tiempos de colegio, me quedó otro pensamiento obsesivo. La idea que definiría mi vida: Ser ingeniero de sistemas. Esa carrera en específico. El por qué de esa idea tan particular es una historia tan larga que tendría que hacer otra entrada sólo para explicarla pero, resumiendo, me gustaba la idea de crear sistemas, «mundos» enteros donde todo funcionara conforme a la forma en que yo los plasmara. Desde programas pequeños, hasta herramientas enteras, desde entornos de funcionamiento hasta aplicaciones de función, desde herramientas de cálculo hasta blogs como este en que estás ahora, mi querido lector. Todo desde mis temas favoritos, la matemática, la lógica, la computación…

Era lo que quería, no podía parar de desearlo. Hasta que lo logré. Logré el sueño de mi vida y, cuando tuve mi título y todos los conocimientos que ese título certificaba, cuando obtuve esa carrera en específico, pude dejar de pensar en el asunto. 17 años seguidos pensando en eso, casi de forma obsesiva (Sí, mi querido lector, casi porque hubo otros pensamientos en el camino), hasta que pude resolver esos pensamientos.

 

Y así, sucesivamente, ha sido mi vida. Pensamientos, tras pensamientos, tras pensamientos. Ideas que no salen de mi cabeza, que no se van de mi vida hasta que otra idea ocupa la atención que esta tenía, o hasta que las resuelvo, aunque esta última opción es pocas veces vista, si te soy honesto.

 

Ideas, pensamientos que, simplemente, no se iban. Que no se van.

Hasta que llegó… El fantasma.

 

 

El fantasma. Un pensamiento que no escapaba de mi cabeza, que no se iba, no importa cuánto lo intentara, no importa cómo trataba de poner otras ideas en mi mente, en el foco de mi atención. Un espectro emocional dejado por… Ella, para atormentar mis noches interminables, y de quien ya hablé en otra entrada. Y, cada que trataba de enfocar mi atención en otra cosa, volvía con mucha más fuerza que antes.

Hasta que no pude pensar en otra cosa. En nada que no fuera Ella. Acaparó mi atención, mis noches, mis días, mi vigilia, mi sueño. Mi día a día. Mi mente. Mi cordura.

 

Hasta que terminé por convertirme en un despojo de lo que alguna vez fui. Solo, con mi madre, mi amigo, mi mascota y mis letras como única compañía y única ancla a la realidad y a la poca sanidad mental que me rehusaba a perder.

 

 

¿Cómo me deshago de algo que no se deja desechar? Esa pregunta, si bien nunca me la hice realmente, fue la que más taladró en mi desconfigurado cerebro, por más que no lo quise.

 

 

 

 

 

 

 

Fue después de varios años de sufrimiento, cargando con ese fantasma, con ese ser de sombras que habitaba mi mente nublando hasta mi visión, que, finalmente, en medio de los pensamientos más indecibles e indeseables y una soledad inaguantable, pedí ayuda.

Mi terapia comenzó y, para empezar, descubrí que tengo ansiedad y depresión. Encontré en la conversación con mi terapeuta una forma de desahogarme, de empezar la calma que tanto había deseado y que ya estaba empezando a desilusionarme de volver a encontrar. Más temprano que tarde, descubrí cómo funciona la respiración, resolviendo una de mis grandes preguntas de toda la vida… Una que no viene al caso.

 

Entonces, llegamos al tema de Ella. De la historia que tuve con ella, de sus horrores y bellezas y de cómo me atormentaban día tras día. De cómo había llegado al límite de no volver a relacionarme con nadie por miedo a encontrar a otra como ella, de establecer planes y estrategias para no encontrarla, y qué hacer en caso de encontrarla en todas las posibles variaciones de situaciones que pude imaginar, de cómo huir, de cómo protegerme, de qué decir, de qué hacer, de qué direcciones tomar, de cómo mover mis manos, mi cabeza, mis piernas, mi boca, para minimizar o detener cualquier daño.

Todas las posibilidades, todo el tiempo. Volviéndome loco.

 

Como no podía hablar con Ella, o no podía hablarle a Ella, y no hallaba solución a mi dolor, a mi tristeza, a mi despecho, no podía resolver el pensamiento. Y, como el fantasma no se iba sin importar lo que intentara (inclusive llegando al límite de entrar a mi mente y romper mi sistema de recuerdos para tratar de no conocerla, de lo que hablo en las entradas que le dediqué a Ella), y no se iba de mi atención, no había nada que pudiese acaparar mi atención para no pensar en Ella.

Un pensamiento, una idea, que no se iba.

 

Pareciera obvia mientras lo escribo, mi querido lector, la respuesta de mi terapeuta, una respuesta que posiblemente ya has pensado, igual que muchas otras personas. «Pero, hombre, déjala ir».

 

 

DÉJALA IR.

Se supone que, a mi edad, debería saber desde hace años cómo hacer eso. Pero no lo sabía. Y no lo sabía, por una simple pregunta contingente.

¿Cómo carajos suelto algo que es intangible, que no tiene forma ni masa ni densidad, que no puedo sostener en mis manos?

 

Sé lo que podrías estar pensando ahora, mi querido lector. Que no saber eso, para un hombre adulto, es un gesto de inmadurez incipiente. Y no sé si darte la razón. Pero lo cierto, es que no lo sabía. Y me da incluso rabia no saberlo, porque la respuesta que me dio mi terapeuta fue una frase que tomó menos de 20 segundos decir, y que me hizo comportarme como esa escena de la película «Police Academy». Y, cuando la leas, me darás la razón.

«Es simple: Es cosa de entender que lo que sucedió, pasó. Que sí ocurrió, que te afectó, pero que ya pasó. Que lo que está afectándote sólo es un pensamiento, nada más. Y que los pensamientos, se pueden apagar».

 

 

 

 

Dicen, mi querido lector, que la madurez llega sólo con la edad. Con todo respeto, estoy completamente en desacuerdo. Hay cosas que aprendes cuando eres niño que sólo deberías saber cuando creces, y hay cosas que, ni siquiera cuando creces, aprendes cuando deberías.

 

 

¿Te imaginas lo que hubiese sido de mí, si hubiese sabido lo que sé hoy sobre el bullying, sobre las relaciones, sobre las formas de aprender y estudiar… sobre la violación… sobre los falsos amigos, sobre la vida en general?

Y, si lo piensas, son cosas que se supone que, a mi edad, no sólo debería saber sino dominar desde hace años.

 

No, la edad no es sinónimo de madurez. La madurez emocional se adquiere con la vivencia, con la experiencia y el aprendizaje, con la conversación y la reflexión.

 

Hoy, prefiero decir, en vez de que estoy curado, que estoy en rehabilitación de mi ansiedad y mi depresión. Y agradezco infinitamente a las personas que me han ayudado. Empezando con mi terapeuta actual, pasando por mis pocos amigos, mi madre, mi mascota, estas letras e incluso tú, mi querido lector, que las lees y las recibes.

 

 

Espero que esto te sirva, en caso de que, por casualidad, estés en una situación similar a la mía. Recuerda: Lo que pasó fue real, pasó. Te afectó. Y dolió. Tal vez aún duela, y comprendo perfectamente si es así. Pero, al fin y al cabo, ya pasó. No está pasando. Pasó. Lo que ahora te está afectando es sólo un pensamiento, y esos los puedes apagar.

 

Buenas noches.

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