Noches hay en las que una palabra pesa más que el humo.
Se posa en la lengua, se queda ahí, raspando, como si se negara a salir sin llevarse algo a cambio.
Esta noche, la palabra es todos.
La escucho a menudo. En conversaciones ajenas. En discusiones que no pedí. En videos baratos que pululan en las plataformas de redes sociales como si no hubiese, a veces, ningún otro tema de qué hablar. En sentencias lanzadas con la ligereza de quien no ve más allá de su nariz, o no va a cargar con las consecuencias.
Todos.
Como si el mundo fuera un molde único. Como si la experiencia personal bastara para redactar una condena colectiva.
Por supuesto, no es siempre esa palabra exacta, mi querido lector. Pero, una más peligrosa se infiltra entre los vacíos que nos deja la ambigüedad. Arañando grietas en nuestro cerebro para plantarse ahí, hasta que termina germinando el gravísimo daño que sufrimos como personas.
«Los»… «Las»…
Sin duda la has escuchado por ahí. «Los zurdos estos», «las mujeres modernas», «los conspiranóicos», «las feminazis», «los tibios»… «los hombres»… «las mujeres»…
«Los». Una forma ambigua y antigua de decir «Todos», diseñada para no necesitar excusarnos de meter a tantas personas en una bolsa hecha por uno o dos individuos.
Y no, mi querido lector. No escribo esto desde la altura moral de quien cree haber entendido algo mejor que los demás. Lo escribo desde el cansancio. Desde la sospecha. Desde esa incomodidad que aparece cuando alguien reduce una vida entera —muchas vidas, de hecho— a una anécdota mal digerida.
He visto cómo una experiencia dolorosa se transforma, casi sin querer, en una verdad absoluta. Cómo una herida, legítima a veces, termina apuntando en todas direcciones. Cómo el dolor, cuando no se procesa, busca culpables amplios. Cómodos.
Lo he vivido, mi querido lector. De hecho, mi experiencia ha sido, de alguna manera, más exacta y profunda, más abstracta incluso, y mucho más cercana.
Recuerdo mis años de silente resistencia al bullying, esa sombra que me persiguió por pasillos de colegio. En aquel entonces, mi mente —buscando protección— intentó convencerme de que todos los que se me acercaban eran agresores en potencia. Era una estrategia de huida, un escudo hecho de prejuicio para evitar que la «cicuta» volviera a recorrer mis venas. Recuerdo que esa sombra siguió atormentándome por muchos años, incluso en mis tiempos de alma mater. Me tomó, de hecho, más de 20 años de obsesión y terapia entender que el miedo me había robado la capacidad de ver individuos, de crear conexiones y de saludar al mundo con una sonrisa sincera, dejándome solo con la eterna sonrisa fría de la soledad, y con monstruos genéricos baratos que, aún después de todo, me cuesta quitarme de encima muchas veces.
La generalización tiene algo seductor. Simplifica. Ahorra energía. Nos da la ilusión de control en un mundo que rara vez lo ofrece.
En el mundo de la lógica, a este tropiezo del pensamiento, lo llaman Generalización Apresurada. Es cuando tomamos una muestra minúscula —un mal encuentro, una traición, un video de un minuto— y pretendemos que sea la ley universal. Es también la Falacia de Composición: creer que, porque una pequeñísima parte del grupo es «así», el grupo entero, el «todo», «los», «las», «todos», heredan ese pecado.
En Colombia, hoy por hoy, es el pan nuestro de cada día últimamente: «Polo Polo dijo esto sobre tales personas. Eso es lo que la izquierda tiene que ofrecer». Y, por supuesto, «Los petristas quieren destruirlo todo, miren que este fulano hizo esto que no nos gusta». A que has visto esto hasta en la sopa, ¿verdad, mi querido lector?
Un hecho aislado deja de ser incómodo cuando se convierte en regla. Un agresor deja de ser una persona concreta cuando se vuelve símbolo. Un error individual se vuelve identidad colectiva.
Y, por supuesto, todo se hace muy fácil en la mente de todos, hasta que las consecuencias nos golpean en la cara. Todo es muy divertido, hasta que acaba herido alguien.
Y ese alguien, en el caso de mi Colombia reciente, tiene nombre: Miguel Uribe Turbay. Aunque, lo realmente horripilante es que sólo llega a engrosar una dolorosa lista de personas muertas por haberse convertido en símbolos, en representaciones de algo que difícilmente podían representar por sí solos.
La psicología lo ha dicho hace décadas, aunque no con estas palabras. Henri Tajfel demostró que basta una división mínima para que empecemos a favorecer a los «nuestros» y a desconfiar de los «otros». Basta una etiqueta.
Nosotros.
Ellos.
Todos.
El problema no es solo moral. Es estructural. Cuando convertimos la excepción en norma, dejamos de mirar individuos y empezamos a administrar categorías. Y las categorías no sienten. No explican. No dialogan.

En muchos países, por ejemplo, los estudios sobre denuncias falsas muestran que representan un porcentaje mínimo frente al total de casos reportados. Aun así, basta que existan para que alguien decida que todas las denuncias son sospechosas. O, en el extremo opuesto, que todos los acusados merecen el mismo destino.
Hasta que, al final, cuando un hombre es legítimamente agredido por una mujer por cualquier razón, no lo denuncia por miedo a la burla, porque, siendo todos los hombres iguales, «pues algo habrá hecho para que ella lo maltrate», o termine dejándose agredir para evitar la denuncia falsa, porque como las mujeres son así…
La lógica es la misma en otros frentes. Dos personas delinquen ocultándose tras una identidad, y de pronto la identidad entera se vuelve culpable. Un comportamiento aberrante deja de serlo cuando se proyecta sobre un grupo completo. La excepción se vuelve rostro. El rostro se vuelve enemigo.
No es justicia. Es pereza intelectual disfrazada de indignación.
Me preocupa, mi querido lector, que hoy esa pereza sea un negocio millonario. Vivimos en la era del Ragebait. Ese contenido diseñado específicamente para que nuestra sangre hierva, para que saltemos frente a la pantalla y busquemos a quién culpar.
Surgen tontos útiles a esta estrategia desde cualquier esquina, y terminamos siguiéndolos casi sin conciencia, sin preguntarnos nada y sin siquiera chistar. Nos ponen en la cara sus propias versiones distorsionadas y extremistas de determinadas facetas de nuestras sociedades y nos las tragamos, a veces sin siquiera un café para darles mejor sabor.
De la rabia, por lo que dicen estos perfectos orates, pasamos al odio en menos de lo que toma cambiar al siguiente video en TikTok. Terminamos volviendo a lo mismo: Meter a todo el mundo en diferentes costales, cada uno marcado con un tono distinto de sangre que queremos ver derramada.
Y no es justo. No lo es.
También he caído en esta trampa, mi querido lector. No pienso excusarme con esta retahíla que surge de mi propio asco. «Los bullies son todos iguales y nunca van a cambiar», repetía como perico cada cinco minutos, hasta que entendí que, detrás de cada caso, se encontraba una historia completamente diferente.
No tiendo a llorar por errores abstractos, pero siento… que debí hacerlo.
Y, mientras nosotros nos dividimos en etiquetas —»uribista», «petrista», «machito», «feminazi», «trans», «mujer moderna», «gay», «tacaño», «hombre», y un larguísimo etcétera— y nos odiamos los unos a los otros con un fervor casi religioso, la tal Maricel Freire, el tal Temach, el tal Emanuel Danann, el tipo detrás de «El arte de ser hombre», el que está detrás de la tal «Escuela Redpill»… En fin, el creador de contenido de turno se frota las manos. Contando billetes. Ganando dinero a costa de destruir nuestra empatía. Nos venden el conflicto como si fuera una lucha de ideales, cuando en realidad solo estamos alimentando el algoritmo de alguien que duerme muy tranquilo mientras nosotros perdemos la cordura y seguimos alimentando la bestia que ellos mismos han creado, vista por vista, like por like.
Y luego vienen y nos venden el curso, el batido, el librito, la camiseta… Pero eso es otra historia.
Las sociedades humanas parecen funcionar cada vez más bajo este esquema binario. No porque sea verdadero, sino porque es rápido. Y en tiempos de reggeaton viral y desechable, videos inertes de menos de 5 minutos, tweets con gritos mal planteados (Sin sentido, a veces) y estados de Facebook sin mayor contexto o profundidad, pensar despacio se considera una debilidad.
Generalizar permite algo peligroso: deshumanizar sin sentir culpa. Si ellos son todos iguales, entonces no hace falta escuchar. Si ellos son el problema, entonces nosotros somos automáticamente la solución.
Pero la historia —esa que insiste en repetirse— muestra que cada vez que aceptamos esa división, algo se rompe. Primero el diálogo. Luego la empatía. Finalmente, la convivencia. Hasta que, por ejemplo, aquel que no piense como la tal «Lalis» es un traidor, todo quien no piense igual se merece las risas grabadas y los chistes patéticos del tal «Wally», todo el que marcha para defender sus derechos es un «vago» a ojos de María Fernanda Cabal, todo hombre de bajos recursos es «tacaño» y todo chavista es considerado hijo del mismísimo putas.
Los. Todos.
La soledad del que se atreve a dudar de la masa.
No escribo esto para absolver a culpables ni para pedir silencios incómodos. Hay violencias reales. Hay daños reales. Hay responsabilidades que deben asumirse.
Pero ninguna de ellas mejora cuando dejamos de pensar. Cuando nos creemos el cuento que la evolución, en su no siempre infinita sabiduría, nos ha metido, en que «todos son iguales».
Tal vez el error no sea indignarnos. Tal vez el error sea hacerlo sin precisión. Sin memoria. Sin la incomodidad de aceptar que el mundo no cabe en una frase corta ni en una acusación amplia. Ni en las palabras basuras de gente que cree que convertir al uno en «Los», es válido como estrategia de negocios.
Esta noche, mientras el café se enfría, el humo gira en el aire y la música apenas sostiene el silencio, la palabra sigue ahí.
Todos.
No sé tú, mi querido lector, pero yo ya no puedo pronunciarla sin que me pese.
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