30 de marzo de 2025 – Qué ha pasado conmigo (Parte 5)

person writing on notepad

(Para ver la entrada anterior, da clic aquí)

2024

Para finales de enero, mis pensamientos sobre abandonar este mundo no sólo eran persistentes, sino más fuertes. Para ese momento, había recibido ya mi primer mensaje paradójico de parte de ella. El ataque primero, y luego el mensaje bonito después.

Le respondí, como ya había mencionado, deseando un feliz año nuevo y pidiéndole de nuevo que conversásemos. Que aclaráramos las cosas, independientemente de que volviéramos a ser amigos o no. Para ese momento, sólo estaba buscando un cierre. Sabía, con gran amargura, que no iba a volver a tener a mi amiga, pero por lo menos quería que nuestra historia terminase en paz. Que cada quién pudiese seguir su camino sin arrepentimientos ni dolor. Tal vez, así, podría sanar…

… Y tal vez también ella.

 

 

Pero, para completar la paradoja, su respuesta fue, por un par de semanas, silencio.

grey wooden board

 

 

Unas semanas después, ocurrió otro mensaje amistoso de ella. La misma tónica, escuchaba una canción que me gusta mucho, al son de unos tragos, y me recuerda mucho. Sin decir «Te extraño», me decía que me extrañaba, así lo interpreté.

Como antes, sólo supe dar las gracias por su mensaje, y le pedí de nuevo que habláramos en persona. Que conversáramos bien la situación. Mientras escribía ese mensaje, una lágrima quiso salir de mis ojos sin éxito. Lo recuerdo, muy bien. Y, sin embargo, no salió de mí. Ni en ese momento, ni con el silencio que hizo como respuesta…

 

… Ni con el mensaje de furia que me dio unas semanas después.

 

 

 

 

Para el momento en que me contactó de nuevo, otro gran acontecimiento había surgido en mi vida: Después de mucho eludirme, una opción de trabajo estable se concretó por fin. No sólo era una opción de trabajo, sino que era ideal para mí: Lo que sé hacer, desde casa, de forma estable, recibiendo sueldo. Podía estabilizar el hogar que mi madre y yo tenemos y para el cual trabajamos y nos esforzamos juntos en mantener en pie. Me alegró mucho, además, poder distraerme de mis pensamientos más oscuros con cada solicitud o llamada que llegaba a mí desde mi computadora, que ahora era mi estación de trabajo, la misma desde la cual se crean estas letras. Estaba mucho más en calma, mi querido lector, y la fuerza que tenía acumulada fue desatada en mi labor. Me agrada saber hoy, en retrospectiva, que hice mi trabajo con gran profesionalismo y fuerza, que hice mi trabajo con gran concentración y que me dio beneficios, no sólo en mi hogar sino en mi mente.

En todo caso, cuando llegó su contacto, ya llevaba un par de meses en mi labor y mi blog, antes de esta reconstrucción, había llevado unos meses más destruido. Su mensaje tuvo más ira que los anteriores, más fuerza y agresividad.

 

Básicamente, decía que había pensado en aceptar mi propuesta y conversar en persona, hasta que alguien conocido de ambos le llegó con un chisme, que le hizo incluso ofenderse conmigo con narrativas y argumentos que sólo una «feminazi» tendría.

 

Cabe mencionar, mi querido lector, que ese tipo de feminismo radical tóxico no es característico de ella, lo cual aumentó mi confusión mucho más… Así como mi rabia. En medio de la lectura de su mensaje, llegué a una conclusión.

Tanto con esta historia como con muchas más que me han ocurrido, me he preguntado «Por qué hizo esto». Esa pregunta obtuvo respuesta hace años, cuando comprendí por qué la gente hace lo que hace.

 

La gente hace lo que hace, sea lo que sea, porque quiere hacerlo, toma la decisión de hacerlo y lo hace. La cuestión que realmente puede hacer que nos quebremos la cabeza, es por qué la gente quiere hacer lo que hace.

 

Mi conclusión, en medio de la rabia que sentí al leer el mensaje que ella, con total cinismo, me enviaba, era que quiso hacer lo que hizo, por el simple hecho de ser hombre. De tener un pene y genes XY.

Ahora bien, he de mencionarte, mi querido lector, que esa conclusión es equivocada, pero ya llegaremos a eso. Por ahora, es pertinente mencionar, que no respondí nada. Me quedé en silencio para que mi mente se calmara y mi dolor se adormeciera.

 

 

 

Mientras tanto, mi trabajo continuaba dando frutos. Pude mejorar muchas condiciones personales, comenzando por esta misma computadora desde la cual escribo ahora y que es mi fuente de sustento. Era inevitable que mis mejoras comenzaran por ahí, ¿no?

Luego, pude pagar mis deudas. No me había sentido tan orgulloso de mí mismo en años. Después de eso, y esto es importante, pude destinar mis fines de semana a cumplir una de las pocas lecciones que, en las pocas sesiones que tuve con el doctor Hincapié, me quedaron: Salir de casa, dedicarme tiempo a mí mismo en una actividad y un ambiente que me gustaba.

 

cup of coffee on white ceramic saucer

Comencé a tener citas conmigo mismo. Esto se traduce en salir y disfrutar ambientes y actividades que me satisficieran en soledad. El libro «Drácula» comenzó a acompañar mis tardes de viernes en un café que me resulta muy agradable. Mi libro, un tinto y mis cigarrillos fueron grandes compañías… Así como el deseo que aún tenía en mi alma: Volver a verla. Aún con rabia, quería verla. Terminar la historia correctamente, hacer el cierre correcto y, además, si de cualquier cosa servía, poder responder al tal chisme.

Te confieso, mi querido lector, que incluso hoy, mientras escribo estas letras, ignoro por completo cuál fue el dichoso chisme.

 

 

 

Lo cierto es que, en una de estas salidas, me decidí. Le dejé un mensaje a ella, le pedí que nos encontráramos en el café-bar donde iba a estar de nuevo unas horas después. Le dije que consideraba correcto confrontar los rumores y, de cualquier manera, dar un cierre a nuestra historia, «arreglar las cosas» sin importar el resultado.

 

Silencio.

Así se repitió un par de veces, sin éxito. Hasta que, por fin, llegó octubre. Luego de solucionar y estabilizar todo, luego de que todo lo demás se hubo calmado, luego de todo y, completamente por sorpresa, recibí una respuesta de ella. Aceptaba por fin reunirnos. Acordamos, por fin, vernos en un bar que nos gustaba a ambos y conversar desde ahí.

Cuando nos vimos, más confuso que su aceptación fue el abrazo, tan cálido y profundo como en antaño, con que me recibió. No pude evitar regresarle la misma calidez. Buscamos entonces en el bar dónde sentarnos a conversar. El lugar estaba lleno. Fuimos al café-bar donde le había propuesto varias veces encontrarnos. Lleno. Fuimos a la taberna donde esta historia tan triste comenzó. Lleno más que los demás.

Paradójicamente, la solución a este dilema le añadió unos gramos extra de magia al reencuentro. Terminamos sentados en un banco de un parque tan conocido para ambos, tan querido y odiado por mí por todas las anécdotas que ocurrieron ahí y por lo que significaba estar en ese parque protagonizándolas, precisamente.

Por fin, mi querido lector, pude expresarle mi dolor, mi historia, mi sufrimiento. Por fin, ella pudo escucharme más allá de mi mente perturbada. Por fin pude escuchar su respuesta.

 

Primero que nada, en aquella noche, cuando cayó y me lancé a recogerla del suelo, ella hizo una interpretación equivocada de la situación, producto de la ebriedad que ambos teníamos. Su ataque fue una respuesta a esa interpretación.

Los mensajes de furia que me dio días después eran consistentes con esta interpretación, además de con el hecho de haberlo mencionado a mi madre y mi amigo. Sin embargo, pudo comprender que haberlo mencionado no sólo fue correcto, sino apropiado, tal y como la respuesta de mi madre ante todo el asunto. Insisto, no la condono, pero la comprendo.

Los insultos que no entendía fueron explicados.

Nunca me dijo ella cuál fue el chisme, pero pudo escuchar que nada tenía yo que ver con nada al respecto.

Finalmente… Se disculpó por todo. Pude notar en su voz el mismo nudo que tantas veces había amarrado mi garganta.

Nos abrazamos de nuevo. Nos disculpamos, nos aceptamos. Nos escuchamos, nos comprendimos. Nos sonreímos, nos callamos nuestras lágrimas. Ella me pidió que no mencionara más el tema, que lo olvidáramos y no volviéramos a hablar de ello. Yo quise hacerlo.

Como diría Forrest Gump, en la obra del mismo nombre, «Volvimos a ser como pan y mantequilla». Y volvimos a conversar, y volvimos a encontrarnos, y a acompañar nuestras bohemias con nuestra presencia.

Y, sin embargo, cierta parte de todo el dolor, de toda la historia, se rehusó siempre a ahogarse en mi mente.

 

 

Entonces, llegó diciembre. Y, al principio del mes, encontré una antigua copia de seguridad de este sitio web. Casi toda la historia que había escrito en estas páginas resultó salvada. Con eso en mente, y algo de dinero que antes no había podido tener para esto, compré este dominio, alquilé este hosting… Y reconstruí.

 

También, comencé las gestiones para, por medio de mi sistema de salud, iniciar una psicoterapia de la forma correcta, con quien me atiende ahora, el doctor Jairo Betancourt.

2025

Y así llegamos a este momento. A esta hora, en la que me rehúso a reconocer que tengo sueño porque quiero seguir escribiendo. Porque quiero terminar esta, por demás, larguísima narración de qué ha pasado conmigo. Perdí mi trabajo porque terminó el contrato, económicamente no estamos tan bien en casa, pero estas letras y estos ceros y unos en la Internet me acompañan y me apoyan en continuar con mi terapia, en la cual avanzo a grandes pasos y por medio de la cual debo seguir luchando por mi vida y por mi mente.

Desde hace unos dos meses que no he vuelto a tener pensamientos suicidas. Estoy agradecido enormemente por mi terapeuta, por mi amigo Daniel que ha estado ahí, pendiente y ayudando, y por ella, quien, pese a que prometí acompañarla en sus propias luchas, terminó acompañándome a mí.

Quién lo creyera, ¿no, mi querido lector?

 

 

Ahora comprendo que, si bien ella y yo no volveremos a conversar sobre toda esta historia, expresar lo que me ocurrió, al menos de forma parcial, de forma tangible, me hace bien. Por eso me enfoqué mucho en contar esta parte de mi historia con tanta atención a los detalles, aunque omitiendo varias cosas y, deliberadamente, tergiversando otras. Después de todo, ella también es protagonista y tiene derecho a su privacidad dentro de todo esto.

 

Mi lucha sigue. Mis letras se siguen escribiendo, mi mente sigue llorando y enredándose en laberintos que colapsan sobre sí mismos. Mi corazón sigue seco y, honestamente, no quiero humedecerlo de nuevo.

Sigo aquí. No me rindo. Nunca me rindo. No tengo opción, debo seguir.

 

Y tú, mi querido lector, seguirás también aquí, como silencioso dedicado de todas y cada una de estas entradas. Porque este blog no es sólo para mí, sino para ti. Para seguir expresando las luces que surgen de la maraña que es esta, mi mente divergente.

 

Buenas noches.

CONTINÚA LEYENDO

Comenta algo...

1 Comentario

Link.
24 de abril de 2025
Fuerza viejo Doc.