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Continuando en el año 2023.
La Risa Cura es (O fue) un programa de comedia tipo stand-up y a la vez tipo talk show. Su propia descripción dice «Hablamos de temas reales y delicados que el común de la gente se siente temerosa de hablar y con esto darles una luz a esas personas de empezar a sanar por medio de la risa». Cada capítulo toca un tema que, normalmente, es tabú en la sociedad o no se ha hablado del mismo lo suficiente, y un invitado, que es protagonista de este tipo de circunstancia o desafío, habla de lo que soportan las personas que lo comparten, usando el humor negro para verlo no como un problema, sino como una forma diferente de percibir el mundo. Como ellos mismos decían, «¿Por qué victimizarnos, si podemos reírnos de nuestros problemas?»
Sé todo esto, mi querido lector, porque encontré este programa en agosto, en un punto muy bajo en toda la espiral en que me encontraba descendiendo. El rostro de Antonio Sanint, figura conocida en la televisión colombiana, atrajo mi atención aquella tarde mientras buscaba alguna forma de entretenerme en YouTube.
Unos 10 minutos después estaba maravillado con este formato. No sólo me identificaba, sino que me reía como loco de aquello que comprendía mejor que muchos. Las razones por las que soy una mente divergente estaban explicadas al fin, y además me estaba riendo a carcajadas de cada una de ellas.
No tengo idea de qué hubiera pasado conmigo si no me hubiera reído tanto en ese día. Pero sé, que no hubiese sido bueno. Tal vez no estaría aquí, mi querido lector. Por favor, tómate un tiempo para reflexionar sobre eso que siento y que te cuento, y entenderás por qué, justo ahora, te recomiendo tan enérgicamente que compartas unas risas conmigo ahora, viendo el capítulo que me devolvió la risa, al menos por ese momento, de ese programa que, literalmente, salvó mi vida.
Sé, mi querido lector, que puedo ser muy exagerado en algunas ocasiones, pero no en esta. Esa tarde de risa me dio una calma inusitada, algo que no había experimentado en meses. Tal vez, en años.
Más allá de los beneficios biológicos innegables de la risa en el cuerpo humano, no tienes idea de la diferencia que hace una sonrisa en tu vida.
Las siguientes semanas, esperaba cada viernes para ver el capítulo nuevo, y reírme de nuevo. Cuando más triste me sentía recordaba la sensación de cuando, por ejemplo, «Culotauro» explicaba su condición, y me calmaba. Aún hoy lo sigue haciendo.
La risa cura. La risa sí cura.
Quería agradecerles. Literalmente, salvaron mi vida (y no, mi querido lector, no estoy siendo exagerado o, como dicen algunos, «melodramático»). Sólo tenía una forma de hacerlo, y lo hice con tanto cariño… El sitio web de La Risa Cura fue mi regalo para ellos, como regalo y en agradecimiento por lo que están haciendo por mí y por muchas otras personas que, actualmente, no la tenemos fácil para vivir en el mundo de los normales. Lo entregué en octubre y, entre una y otra cosa, este regalo me mantuvo ocupado, lúcido y cuerdo en un tiempo en que estaba demasiado «llevado del carajo».
Cuando me comuniqué con Preston Gitlin, presentador y dueño del programa, para hacerles entrega de mi regalo, su respuesta fue, aparte de otra palabra, hermosa.

Fue una conversación muy agradable la que tuvo lugar unos días después, para hacerles entrega del sitio web y coordinarnos. En ella, Preston hizo las bromas que lo caracterizan, y me reí como loco de ellas. Pero a la vez, estaba muy agradecido por mi regalo y me lo hizo saber de muchas maneras… Especialmente cuando no quiso recibirlo de gratis. Quise decirle que no, que era un regalo y quería que se mantuviera así, pero me lo dejó claro: «No es justo que algo tan grande sea gratis. Cóbranos, no tengas problema».
Por poco y lloro. Era un momento de necesidad y, si bien me daba vergüenza cobrarles algo luego de que les dije que era un regalo, estaba en un momento de necesidad muy grande. Me encontraba en una disyuntiva: Por un lado no quería cobrarles, era un regalo después de todo; y, por otro lado, también me hubiese sentido mal si no lo hacía, sentía que los estaba rechazando de alguna manera si lo intentara. Además, estaba la necesidad que tenía en ese momento en casa…
Dicen que «el comedido come de lo que hay escondido». Sin embargo, creo que nunca me ha gustado sentir como si estuviera «levantando la mano» (Con todo el respeto que me merecen los habitantes de calle y personas en extremas necesidades). Espero me comprendas, mi querido lector.

El sitio se entregó finalmente entre final de septiembre y principios de octubre, me sentí orgulloso de todo lo que ocurrió, dadas las circunstancias. Y si, por alguna razón, alguno de los miembros de «La Risa Cura» está siendo mi querido lector en este momento, quiero que sepan lo agradecido que estoy por lo que hicieron por mí, aún sin conocerme, aún tal vez sin desearlo.
Como dije antes, la risa sí cura. Soy prueba viviente de ello.
El tiempo pasó, y llegó diciembre. El mes de mi cumpleaños. Y vino con una gran sorpresa. Ella.
Luego de las palabras y los desprecios, luego de todo lo que me dijo, no esperaba volver a saber de ella, y mucho menos que me contactaría directamente. Se comunicó conmigo por WhatsApp, sólo para dejarme un mensaje, felicitándome antes que nadie por mi cumpleaños, que vendría dos semanas después. Simplemente, no lo entendía.
Le respondí con calidez, pero no con condescendencia. Lo sentí correcto en aquel momento.
Mi cumpleaños número 40. 17 de diciembre una vez más. Hice la manera de celebrarlo en casa, con mi amigo Daniel, con mi familia, incluso mi padre y su esposa vinieron desde la ciudad en donde viven para celebrarlo. Era la gente que quiero, y me sentí en calma. No todos los días puedes celebrar que, durante cuatro décadas, el mundo no ha podido contigo, ¿verdad, mi querido lector?
Sucedió que, unos días después, salí a un conocido bar de la ciudad a celebrar el cumpleaños de una conocida en común de ella y yo. Es una costumbre de ambos, ya que cumplimos años con dos días de diferencia. Entonces, estando en ese bar, al son de unos cuantos tragos y música barata, me decido a conversar, por fin después de más de medio año, respecto a lo que sucedió. Y entonces, fue cuando esta mujer agradable y centrada me comenta algo que no había conocido de todo este asunto.
Ella estaba tan ebria esa noche que no recordaba nada de lo que había sucedido.
Es, tal vez, curioso, cómo el mismo lugar donde comenzó mi trágica historia con ella sea el lugar donde se escribe un capítulo nuevo de la misma. Crucial, por demás. Al saber esta información, la traté de contactar por vía WhatsApp, como me había rehusado a hacerlo en todos estos meses, quizá por orgullo o dignidad. No sé si eso es ironía o simple y llana coincidencia… Pero no olvido, mi querido lector, la curiosidad que fue esa noche.
Tampoco olvido su respuesta, al día siguiente: Violencia. Y no, no es que me haya buscado para agredirme, ni mucho menos, pero sí fueron palabras. De esas que, como dije en una de las entradas que había hecho y que, para este momento, ya se habían perdido al perder la versión anterior de este sitio, afectan, dañan, impactan. No se las lleva ningún viento.

Y, sin embargo, mira tú por dónde, no recuerdo bien cuáles fueron las palabras.
Le pedí que nos encontráramos, ya que lo que me había dicho nuestra conocida en común, de haber sido cierto, ameritaba completamente una conversación. No era justo juzgar sus acciones, por positivas o negativas que hubiesen sido, si acaso no tenía conciencia de las mismas. Era el equivalente a condenar a una persona a una pena de prisión sin que esta persona supiese por qué. Simplemente, no era justo.
Como te dije, no recuerdo lo que me respondió al día siguiente. Pero recuerdo lo que sentí con lo que me dijo. Me dejó claro que no era lo bastante persona para ella, que era despreciable y que el curso de mi vida, de nuevo, no servía para nada. Que nada de lo que había hecho importaba y que no era digno de amigos, familia, pareja o absolutamente nada más.
Como imaginarás, mi querido lector, los pensamientos horribles volvieron de inmediato, incluso estando adormecido como cuando leí su respuesta. Después de todo, si alguien que me conocía tan bien, a quien le había dado mi confianza a tantos niveles y que, además, es educadora y no es divergente, me decía todas estas cosas, algo de razón habría de tener. Lo creí.
De hecho te confieso, mi querido lector, después de todo lo que pasó después, una parte de mí sigue creyéndolo.
Debes comprender, sus palabras no fueron ni dulces ni sutiles. Ella usó incluso insultos que no entendí (Y que, si me lo preguntas, sigo sin entender, mi querido lector) y que sólo pude comprender desde su punto de vista cuando me las explicó mucho tiempo después… Aunque llegaremos a eso después.
Lo cierto es, que dicho discurso fue tan doloroso, como incomprensible su siguiente mensaje, unos días después. También de madrugada, me decía que me recordaba mucho y que me extrañaba. Que se sentía mal por no tener cerca mi amistad como en antaño, y que me consideraba «valioso».

Ah, y también, por supuesto, que me deseaba un feliz año nuevo.
No encontré respuesta apropiada alguna para un mensaje que, luego de lo anterior, me resultaba tan confuso. Sólo pude encontrar apropiado desearle un feliz año nuevo de vuelta, y repetirle mi solicitud. Al son de un café, conversar al respecto de todo lo que había pasado.
No hubo respuesta.
Y así pasaron mis noches, por muchas noches más, en mi habitación, con mi imaginación tratando de hacer realidad mi deseo inalterado de volver a verla, de hablar con ella, de entender por qué había querido hacerme el daño que me hizo esa funesta noche, y con todos sus mensajes posteriores. Porque ese, mi querido lector, no sería el último… Ni el más fuerte de todos.
Pero, puedo decirte hoy, esta historia tiene un final feliz. Pero, aún falta un poco para llegar a ese final.
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