(Para ver la entrada anterior, da clic aquí)
2023
Mayo. Noche cálida. Había recientemente terminado un trabajo y me quedaba algo de dinero luego de cubrir y abordar todo lo que pude en casa. Me encontraba particularmente contento por todo lo que había logrado en esas últimas semanas y quise celebrarlo con mi mejor amiga, mi compañera de bohemias incontables. La jornada comenzó poco antes de las 5 de la tarde, en un bar del que mucho gustaba en la ciudad. Lo primero que hicimos, sólo ella y yo como hacía mucho no sucedía, por situaciones que sólo a ella le conciernen y que no tengo permiso de revelar en mi blog (Entre otras, porque no le he consultado), fue tomar un licor fermentado famoso en la ciudad conocido como guarapo. Fueron una hora y media aproximadamente en la cual conversamos y nos divertimos con calma.
Luego de eso, lo que subió de tono fue el nivel de alcohol, así que en horas de la noche, en compañía de un conocido que nos encontramos en el camino y de una tercera persona conocida de él, terminamos en una mesa de una taberna conocida. El ron se empezó a reducir de las botellas y la conversación fue en múltiples direcciones de manera amena y cordial. Algunos fueron temas divertidos y variados y otros complejos y dignos de largas conversaciones. Uno en particular, fue especialmente difícil de tratar. Y puede que sea extenso y meticuloso a la hora de escribir, mi querido lector, pero no lo mencionaré en esta entrada ni en este sitio web.

Seguro que harás la pregunta, mi querido lector, de por qué menciono esto con tanto detalle, y la respuesta vendrá a continuación. Sin embargo, hay detalles que he omitido y otros que omitiré. Son demasiado íntimos y prefiero que sólo los protagonistas de la misma y, además, mi terapeuta, los conozcan.
A altas horas de la noche, la velocidad a la que bebimos empezó a pasarnos factura. La hora era alta y ya estaba la taberna a punto de cerrar, así que decidimos irnos a casa. Luego de una pequeña «discusión» en la cual le pedimos a nuestro conocido que se fuera por su lado, decidimos caminar a un lugar neutral donde pudiésemos abordar un taxi de tal forma que no excediera el poco presupuesto que teníamos y, aún así, pudiésemos llegar a casa.
Entonces, ella cayó al suelo, producto de la falta de equilibrio que vino como parte de la espantosa borrachera que había acumulado durante toda la noche. Me apresuré, algo mareado pero consciente y suficientemente funcional, a ayudarle a levantar del suelo.
Es en ese momento, en una esquina en concreto que no ubicaré aquí, que comenzó la perturbadora parte de esta historia.
Me giré luego de que ella pudiera levantarse. Recuerdo dar un par de pasos, y sentí un golpe, que además funcionaba como empujón, desde mi espalda. Lo siguiente que supe fue que, perdiendo un poco el equilibrio que conservaba, mi cabeza fue a golpearse contra una barandilla de metal que rodeaba un árbol, para protegerlo. Me incorporé lentamente sólo para que, como un sablazo, recibiera un segundo golpe en mi costado izquierdo. No estoy seguro de si fue con su pierna o con sus puños, pero sé que fue particularmente fuerte. Sin embargo, para los que aseguran que «El borracho es de caucho», les tengo confirmación: No sentí mayor dolor. Tal vez fue por el licor, sí, o tal vez por la sorpresa.
Lo cierto es que, de mi mente no sale el recuerdo de los golpes, aunque no recuerdo si me dijo o no me dijo algo más. También tengo claro que no respondí a ninguno de sus ataques con ningún tipo de violencia.
Porque soy un pacifista, mi querido lector. Para bien o para mal, yo no hago daño. Simplemente no puedo.
Caminamos un poco después, hasta el edificio que, emblemático en mi ciudad, se erige en la siguiente esquina. Recuerdo haber recibido una palmada en mi cabeza y una patada en mi espinilla, lo que me hizo acurrucarme en el suelo. Tengo claro en mi memoria el haberle rogado que no me golpeara más, incluso entre sollozos, a lo que finalmente accedió.
Luego, caminamos a otra esquina, frente a otro conocido bar que, a las 3 de la mañana como era, ya se encontraba cerrado. Entonces, aunque no recuerdo lo que me dijo, si acaso me dijo algo, siguió con su camino, sola. Yo, adolorido como estaba, tomé un taxi y volví a casa.
Mi familia se dio cuenta rápidamente de la situación esa noche, ya que me era imposible ocultar que llegué a casa cojeando, agarrándome las costillas y con un chichón como nunca había tenido en mi vida. Tuve que explicar la verdad del asunto y, aunque con rabia, mi familia pudo descansar esa noche.
Pero la mañana siguiente marcó el inicio de un camino oscuro para mí.
Todo comenzó con una reacción de mi madre. Sin condonarla ni condenarla, la comprendo. Al fin y al cabo, estaba defendiendo a su hijo como mejor podía. Pero, esa reacción desencadenó una segunda reacción de parte de ella hacia mí. Y bastó una frase… Para que cuestionara mi existencia. Mi lugar en este desagradable mundo. Mi vida entera. ¿Acaso había hecho daño sin desearlo, como para que nadie siguiera mi ejemplo? ¿Era acaso tan despreciable? Y, si así era, si no tenía sentido, ¿Merecía vivir aún?
![]()
Por supuesto, esa secuencia de pensamientos tomó tiempo en formarse para, finalmente, convertirse en lo que, sin duda, ya estás imaginando, mi querido lector. Pero antes que eso sucediera, de hecho al día siguiente, mi mejor amigo llegó a mi casa a conversar el asunto. Puso sus argumentos sobre la mesa, sin duda parecidos a los que imagino que has dilucidado. Si sólo era cosa de borrachera, ¿por qué ha atacado de nuevo?
No obtuve respuesta entonces. Y no la obtendría por mucho, mucho tiempo. Ni a esa, ni a otras preguntas que tenía en mi mente, como astillas, desangrándome gota por gota. No volví a salir de casa, más allá de unas cuantas cuadras, para sacar a mi mascota a hacer sus necesidades o a comprar víveres en los mercados más cercanos.
Decidí alejarme de todo, de todos. Dejé de hablar con todo el mundo. Parafraseando al mandaloriano en su serie homónima, ese era «El camino». Al menos para mí.
Toda mi existencia, lo que había hecho en mi vida, había sido quebrado por la protagonista de mi última historia amorosa, y ahora ella me había dejado claro: Ni siquiera soy bueno para los que son como yo.
Cuando, finalmente, todos los pensamientos oscuros tomaron forma en mi cerebelo, algo en mi interior se activó, casi como si fuese un algoritmo automatizado, casi como la mano de mi propia conciencia jalándome hacia atrás al borde del más oscuro de los precipicios.
Justo cuando comencé a pensar en matarme, mi propia mente me impulsó a pedir ayuda.
… Y ayuda recibí.
Quien reaccionó de inmediato fue mi mejor amigo. Mi único amigo real. Me preguntó lo que sucedía, le conté sin miramientos. Escuchó, leyó, recibió. Todo lo que sentía. En silencio, incluso aquello que me costaba decir de la forma apropiada. Incluso aquello que, aún hoy, me cuesta organizar en mi mente.
También alguien más respondió mi pedido de urgencia, y me recomendó a un terapeuta que aceptó darme tratamiento de forma gratuita, por el deseo de ayudar. Le estaré siempre agradecido al doctor Jhon Jairo Hincapié por su buena voluntad. Sin embargo, no pude continuar con su terapia. Error de logística, supongo. Fue con él que entendí algo importante: Lo que ella hizo hacia mí, tanto el día del ataque como los días posteriores, fue fuerte, lo sé, pero no tanto como para provocar tanto en mi cabeza. Sin embargo, lo activó. Lo detonó. Es algo que hoy estoy trabajando.
Lo sé, mi querido lector, estoy dejando mucho por fuera en esta narración. No es accidental, recuerda: Esta historia no tiene un solo protagonista, y por ello debo dejar una buena parte a la imaginación. Además, tú sabes cómo escribo. Me gusta dejar algunas sorpresas para el final.
Lo cierto, es que no pude continuar ningún tipo de terapia. Aunque sí es cierto que algo de lo que hice para el doctor Jhon me sirvió. Los Cuatro Acuerdos es un libro de auto-ayuda que, finalmente, me dejó una reflexión… Digamos… Agridulce. Tal vez haga una reflexión al respecto en algún momento.
Lo cierto es que, luego de parar mi trabajo con el doctor Jhon, me pasé meses en casa, tratando de calmarme por mí mismo. Tratando de encontrar la forma de mantener mi mente lúcida, lo más clara posible, buscando qué hacer para distraerme en cada intento de mi subconsciente por desear mi propia muerte, de cada ataque de mi peor oscuridad por arrastrarme de vuelta al abismo.
Incluso, aunque pudiere parecer imposible, había perdido cualquier razón para sentirme alegre o contento, al punto incluso de que había olvidado cómo se sentía tal emoción. Había olvidado cómo sonreír. Te lo juro que sí, lo había olvidado. Incluso hoy, cualquier sonrisa que veas es falsa. Las verdaderas se me escapan… Casi todas las veces.
Pero descuida, mi querido lector: Aunque tomó tiempo, esta historia tiene un final agradable… Que contaré en la siguiente y última parte de esta larga historia.
Buenas noches.
Comenta algo...
No hay Comentarios
Sé el primero en comentar...