Ella (Parte 1)

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Aviso: La persona a quien me referiré en esta entrada NO ES la misma persona a quien me he referido en la serie de entradas «Qué ha pasado conmigo».

(Quisiera sugerirte, si a bien lo tienes, mi querido lector, que, para dar un ambiente más apropiado a esta lectura, des clic a «reproducir» en el siguiente audio de YouTube)

 

No quería contar esta historia, mi querido lector. O bueno, tal vez no quería intentar recordarla.

 

Se dice que una mujer es un misterio, en parte porque así decide serlo. Un enigma, una trampa que busca atraparte en una red hecha de marañas. Un laberinto hecho de laberintos que se entrelazan sobre sí mismos, cuya salida, o cuyo más profundo abismo, se revela con una sonrisa, un aliento, un simple toque de su mano en una fría noche de verano.

Otros dicen que ellas son simples, directas, nada complicadas y que, realmente, lo complicado es la mente de quien trata de entenderlas.

¿Quién soy yo para responder estas cuestiones?

 

 

Ella, por su parte, es alguien cuya naturaleza me es difícil definir. Incluso dudo de si tenga la capacidad, o el derecho de hacerlo. Y, sin embargo, ya son demasiadas las lágrimas que mi almohada ha absorbido en mis solitarias noches en estos últimos 6 años.

Lo cierto, es que ella es la persona que más he amado en mi vida, incluso más que a Patty, incluso más que a mi familia.

Incluso, sin merecerlo.

 

 

Entre recuerdos que se disuelven, como tinta en el agua, en el humo que abandona mis pulmones, surge un bar, una noche cualquiera. Conversaba con alguien que llegué a conocer brevemente sobre temas sin importancia. El licor y el humo daban placer a una noche solitaria más, de esas a las que ya estaba acostumbrado.

De pronto, el fulano aquel me dijo que se había citado con alguien en ese momento, y que la estaba esperando. No le vi importancia alguna…

 

… Hasta que llegó su cita. Ella.

Era una mujer en sus treintas, de entre 1.65 y 1.70 metros de altura, esbelta, de piel trigueña, evidentemente bronceada. Su cabello era castaño claro, liso, largo hasta unos centímetros por debajo de los hombros y con visos un poco más rubios. Sus ojos daban la apariencia de no poder abrirse completamente. Usaba un vestido corto, que llegaba a la mitad de las piernas, de color negro, que contrastaba con sus hombros y brazos completamente descubiertos, y un escote bajo que dejaba ver que, pese a no ser muy voluptuosa, era sutilmente erótica, casi al punto del absurdo. En su mano izquierda, un cigarrillo encendido. En su cuello, un collar modesto hecho de hilo. En sus ojos, siempre suavemente abiertos, la profundidad que sólo tiene quien ha encontrado a quien buscaba, y en sus labios rojos y medianamente carnosos, un beso, como diría una antigua historia, oculto a plena vista en la comisura derecha.

Saludó a mi conocido rápidamente con un beso en la mejilla y se presentó. Me saludó tomando mi mano. Su piel era tersa y relativamente lisa, y la sonrisa que me dedicó al tomar mi mano fue algo misteriosa, deliciosamente confusa a la mirada, casi incitante.

 

 

Pronto se reveló la razón del encuentro: Ella, y el fulano aquel, se reunieron para partir a ver una película juntos. Así que no se quedarían mucho tiempo, sólo lo suficiente para conversar un poco. Antes de irse, ella pidió mi número. Amargamente recuerdo darle lo que solicitó y quedarme solo en el bar, con mi cerveza en la mano mientras ella y su amigo se iban en la distancia.

 

 

 

Al día siguiente solicitó que hiciese un trabajo en la empresa donde trabajaba. A lo largo de la tarde, mientras mis manos y mi concentración pasaban entre botones, teclados, ratones y bytes, ella pasaba por mi lado, siguiendo con sus labores. A veces se rozaba conmigo, a veces sólo cruzábamos nuestras miradas.

La evitaba. Por una parte, estaba concentrado en hacer bien mi trabajo, ser profesional en ello. Por otro lado, no creía ni por asomo que ella pudiese fijarse en mí. Además, si intentaba acercarme, podría equivocar mi discurso, mis pasos… Y terminar mal.

Pero no podía dejar pasar su dulzura, su belleza y la calma que proyectaba hacia mí.

 

No te mentiré, mi querido lector. Ella me gustaba. Me atraía, aunque nunca sabré decirte por qué.

 

 

 

Así, la jornada de trabajo comenzó a llegar a su fin. Cada empleado se fue a su casa, dejándonos gradualmente solos. Yo continuaba mi tarea, y aprovechaba que cada quién se iba para culminar mis labores en sus computadoras sin interrumpir, ni ser interrumpido.

Finalmente, cuando terminé, ella y yo salimos. Fuimos los últimos. Ella, cual Muerte, en las historias ya legendarias del maestro Neil Gaiman, organizó las sillas, apagó las luces, y cerró el lugar tras de sí. Entonces, me dispuse a despedirme, cordialmente y con calma, y mi atracción a ella, sumada a mi respeto, me impulsó a dar un beso en su mejilla.

Ella giró su cabeza, y nuestros labios se unieron.

 

 

 

Cuando fueron 10 minutos, había pasado una eternidad. Cada pequeño punto de sus labios, cada línea, cada matiz, quedaron grabados en mi memoria. Ella acompañaba cada beso con una suave caricia en mis brazos, que se sentía como… Bálsamo. Como limón luego de un buen trago de tequila tomado de un solo golpe.

Fue, a falta de otra palabra, mágico.

 

 

 

La siguiente cita fue al son de unas cervezas, en un bar que hoy pertenece solamente al mundo de los recuerdos. Esa noche, aquel conocido se dio cuenta de la unión que se estaba formando entre ella y yo. Luego de unas horas de compartir con él y otras cuantas personas, decidimos ir a otro bar.

 

 

 

 

«Muy linda la chica, ¿cierto?» Me dijo de un momento a otro mientras fruncía sorpresivamente su ceño. «No sé a qué te refieres» fue la única respuesta que atiné a darle en ese momento. El resultado de dicha frase fue de molestia, y se fue incrementando a medida en que le insistía en que no tenía idea de a qué se refería.

Más temprano que tarde, ella me explicó, con un extraño sentido de orgullo, que es una mujer muy celosa y que se había molestado porque había mirado a una chica al entrar al bar. Aunque le dije que entendía lo que sentía, su molestia no menguó con facilidad por un rato prolongado. Entonces, mostrando su… «fascinación» por las culturas de medio oriente, me comentó que le molestara que no se comportaran los hombres latinos como en lugares como India o Arabia Saudita, donde los hombres sí son fieles y respetuosos, y sólo miran a la mujer con quien están.

 

 

 

La discusión continuó por un buen rato, incrementándose o disminuyendo a medida que íbamos conociendo esta faceta que ella tenía. No sabría decirte, mi querido lector, en qué terminó la noche, porque sólo he podido contarte sobre aquellos retazos de mi memoria que se rehúsan a desaparecer.

 

Aunque sí recuerdo haber tomado la decisión, incluso en medio de nuestra discusión, de hacer mi mejor esfuerzo para que conmigo sea diferente. Para que no sintiese conmigo esos celos, enfermizos de por sí.

 

Lo cierto, es que haber tenido ese pensamiento fue el primer error en una serie de errores. Una cadena de eventos que marcaría mi tragedia. Una de la cual, incluso ahora mientras escribo esta maldita entrada, no consigo recuperarme.

 

Tal vez esto sirva de algo…

 

 

 

 

Hasta el sol de hoy, por cierto, sigo sin saber a qué mujer se refería ella esa noche.

 

 

 

 

 

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